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El Otro (1972)

el  Viernes, 12 February 2010 01:00 Por 
Análisis de la película de Robert Mulligan.

- Holland, ¿dónde está el bebé? -

Llevaba meses leyendo en mil y un ensayos de cine de terror sobre esta película. No hay libro de la editorial Valdemar en el que no sea un pie de página.

Stephen King habla en su "Danza macabra" (un recomendable tocho que analiza el cine de terror desde los 50 a los 80 bajo el prisma de toda la tradición anterior en la literatura) de que cualquier obra actual de este género parte de una de estas tres novelas-paradigma:  "Frankenstein", la cosa, "Dr Jekyll & Mr Hyde", el doble, y "Drácula", el caníbal (un cuarto pilar posible es, en "Una vuelta de tuerca", el fantasma).

"El otro" se agrupa claramente entre todas esas historias que desdoblan al protagonista del ying al yang cuando cae la noche. Su valor diferencial reside sin duda en el tratamiento de lo macabro en forma de cuento (similar a "La noche del cazador" o "Matar a un ruiseñor", también dirigida por Mulligan).

Ganador de la medalla de oro al mejor realizador en Sitges´72, Mulligan narra las tiernas aventuras de dos hermanos gemelos, Niles y Holland, en una sureña granja de los Estados Unidos a partir de un bestseller de su tiempo (adaptada a guión por el mismo autor).

Uno de los temas principales de la película es la aceptación de la muerte de un ser querido, una constante en películas de fantasmas como "El orfanato" o en thrillers sobrenaturales como "Los sin nombre". El plus a este tema tan manido en el género es que el fallecido en cuestión es el hermano gemelo del protagonista. Así, con este desdoblamiento físico, se habla de alguien que ha visto en primera persona su propio cadáver ergo (teme) su propia muerte (una temática muy recurrente en la obra de Unamuno: "El hermano Juan" o "Niebla").

Aunque fueron dos gemelos reales los que interpretaron a los hermanos Perry, no aparecieron en ningún plano el uno junto al otro. Sólo los une la distancia del corte o la violencia de alguna panorámica. No fue así en la película de gemelos por antonomasia: "Inseparables", de David Cronenberg, donde un innovador sistema de cámaras automatizadas permitía a Jeremy Irons ser su propio gemelo. ¡Mayor ironía! Aquí la crisis de identidad fraternal es en vida, dos cuerpos y dos almas coordinadas. Por el contrario, en "El otro" tenemos dos almas en un mismo cuerpo.
Y de entre estas dos esencias, una es necesariamente malvada. No hace falta volver al Dr Jekyll, otro bestseller como "La Biblia" ya creó escuela con su Caín y Abel (estela que llega hasta el dualismo travestido de "Psicosis"). Es común que el reverso oscuro permanezca latente y acabe triunfante (¡qué mejor manera que, en forma de sombra, el siniestro Holland Perry tiente a seguir el juego en el último plano de la cinta!).

Pero hablemos en susurros, como ese niño malvibrante que elucubra mientras mueve su raquítico dedo en "El resplandor". La tradición de niños malignos, con o sin poderes, es extensa (y la última edición del festival de Sitges ha demostrado que está tan de moda como el subgénero zombie o los vampiros metrosexuales). Desde el realismo de "El buen hijo" al chascarrillo de "Los chicos del maíz", el bullying invertido de "Largo fin de semana", el producto nacional en "¿Quién puede matar a un niño?" (donde también se convierten en asesinos del feto de una embarazada) o la reciente "La huérfana". Lo más terrorífico es que el niño no esté poseído por ningún demonio para que obre con la mano siniestra (aunque "La profecía" también da muy mal rollo).

Es el elemento fantástico el que da a Niles Perry la facultad de ejercer el mal. Y, contrario a la opinión del propio Robert Mulligan, opino que sí es una película de género. Puede que no del terror carnal y viscerado (aunque reúne elementos como el dedo-fetiche del cadáver, la recurrencia de las ratas o el feto bicéfalo que dan apuntes estéticos), tampoco del horror de suspense y sustos (en ningún momento tenemos que aguantar la respiración), pero sí del terror más "moderno", el que habla de los miedos sin darlo y, sobre todo, al que poco le importan las barreras entre el bien y el mal. El monstruo más terrorífico es un niño, y el maquillaje más conseguido es su halo de inocencia.

Los acontecimientos que en la granja de los Perry suceden están dilatados a más no poder. La escala de asesinatos va en progresión, a la par que la maldad de Holland. Todo comienza con un bote de conservas que se rompe (al igual que el huevo "Alien") y, pasando por el raticidio, acabamos con una ola de muertes de figuras cada vez más representativas. Esto, junto con la intriga que nos mantiene preguntándonos por la existencia real de Holland, se convierte en el hilo conductor narrativo. Nos remitimos a las preguntas "¿Qué pasó con el padre? ¿Y con el hermano?" hasta la saciedad. Y es que la excesiva dosificación de información se acaba volviendo tediosa y alargada.

El principal afectado de esto es el ritmo, por sí ya de cadencia pausada y apoyado en una puesta en escena cristalina y diáfana donde los actores se mueven saliendo y entrando de cuadro con una coreografía del plano general muy fluida.

La mirada del director es clara, concisa y sin licencias expresionistas. Podría decirse que utiliza un lenguaje televisivo (su cuna audiovisual) y algo caduco (por los zooms y las nerviosas panorámicas que tanto duelen hoy día).

Increíbles Chris y Martin Udvarnoky, gemelos de a pie. Todo el peso de la película reside en la credibilidad de sus momentos. Sobrecogedores sus susurros y genialmente resuelta la escena-revelación en la que Niles se enfrenta a la tumba de su hermano. Una pena que no volvieran a ponerse tras las cámaras.

Si antes hablábamos de las dudas en cuanto a su clasificación genérica, al centrarnos en su tratamiento estético encontramos la clave. El colorismo, las auras luminosas en los brillos o la predominancia de exteriores día no hacen más que jugar al contrapunto (tal como haría posteriormente "El resplandor"). Un tratamiento naturalista refuerza el aspecto inocente del protagonista, y el contraste con los acontecimientos es demoledor.

Un último aspecto determinante en este juego de contraposiciones del que vengo hablando es la música. Jerry Goldsmith (harto conocido para los fans del género e idolatrado por sus composiciones en "Desafío total", "La profecia", ¡Ave Satani!, o "Gremlins") decide acompañar los juegos del niño con alegría y jolgorio, pero cuando la cosa se pone seria elige el silencio. Así, la partitura se convierte en una especie de juez acusador que carga de culpa al Niles más cóncavo.

¿Pero de dónde vienen esos silbidos? No precisamente de la boca de Goldsmith. ¿Andará por aquí el lobo feroz, Robert Mitchum? Porque de nuevo aparece la referencia a "La noche del cazador", donde el malvado anunciaba sus apariciones escupiendo una melodia. Holland Perri, como buen ente perverso, también.

"El otro" visto por los mismos ojos que han parpadeado ante la muerte del tito Jackson sabe a nostalgia amohecida. Es innegable que los años han dejado visibles marcas de óxido, pero tiene una atmósfera tan propia y perturbadora que es imposible reconocer su unicidad. Como el juego de los gemelos, lo complicado es entrar. Pero una vez te crees tu papel, los espejos te devolverán tu imagen hasta el infinito.

¿Será el momento de preguntar a tus padres por algún hermano gemelo oculto en el ático?

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