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El Príncipe Caspian: Un príncipe sin corazón

el  Jueves, 03 July 2008 02:00 Por 
Reseña del segundo capítulo de la saga cinematográfica que adapta la conocida obra fantástica de C.S. Lewis, un nuevo y decepcionante ejemplo de la falta de chispa que parece una constante de las últimas superproducciones hollywoodienses.

Quizás parezca una estupidez a primera vista, pero el problema más acuciante de Hollywood, el problema que les ha llevado a perder recientemente enormes sumas de dinero, es el amor. En la meca del cine, la $ del dólar ha provocado una pérdida de perspectiva preocupante a la hora de valorar qué es lo importante al contar una historia. Lo importante es, sin duda, conmover al espectador, enamorarlo. Y, desde luego, con secuelas tan bellas pero al mismo tiempo tan gélidas, mortecinas, como “El príncipe Caspian” el amor del espectador no se alcanza. Ni por asomo.

La sorpresa ha cogido con la guardia baja a Walt Disney. Después de los extraordinarios resultados cosechados por el anterior capítulo de la franquicia, “El león, la bruja y el armario”, que recaudó la friolera de 744 millones de dólares, se esperaba el éxito rotundo de su siguiente capítulo, “El Príncipe Caspian”, por lo que la compañía del castillo quemó sus naves proporcionándole a su director, Andrew Adamson, un presupuesto desorbitado, 200 millones de dólares. Para que nos hagamos una idea de los medios a disposición de esta película, es una cifra idéntica al costo de “Titanic”.

Agotada ya, prácticamente, su vida comercial en Estados Unidos y en muchos territorios internacionales, la película ha fracasado. Tan sólo 275 millones de dólares recaudados que se quedan muy lejos de los casi 500 que la compañía necesitaría recaudar sólo para compensar los gastos de producción y publicidad. La pregunta está clara, ¿qué ha pasado?

En apariencia, es inexplicable. La película ha repetido la misma fórmula que la llevó al éxito, con los mismos artífices en lo creativo y el mismo reparto con sólo una adición en el plantel principal, Ben Barnes, en el papel de “El Príncipe Caspian”. Además, se ha subido y mucho el nivel del espectáculo, con mastodónticas batallas con miles de efectivos, un diseño de vestuario sencillamente delicioso y unos efectos visuales que alcanzan, en algunos momentos, un nivel de belleza plástica extraordinario. Incluso la historia es, en su punto de partida, mucho más interesante que el original. Entonces, ¿por qué no funciona? Llegaremos a ello. Antes, la historia.

Han pasado 1300 años en Narnia. Los narnianos, las criaturas fantásticas que habitan este universo, han sido desahuciados de sus hogares por un cruel imperio de humanos conocidos como los telmarinos. La dinastía de dicho imperio se ha consolidado y su nuevo heredero, el Príncipe Caspian, podría suponer un cambio de rumbo en el conflicto entre el hombre y la magia, ya que la educación impartida por su mentor, hijo de una enana de las montañas, le ha permitido crecer sin prejuicios y con un conocimiento privilegiado de la historia de su universo. Pero muy pronto el futuro rey se convertirá en un proscrito.

Su tío, el noble Miraz,  acaba de conocer la noticia de que su esposa ha dado a luz a un varón, varón que es el segundo en la línea sucesoria al trono, varón que será rey siempre y cuando el príncipe Caspian muera o sufra un “accidente” que lo incapacite para el gobierno.

 Obligado a huir de su castillo por temor a perder la vida, Caspian usará el cuerno mágico de sus antepasados, con la esperanza de que los legendarios monarcas de Cair Paravel, regentes unidos por lazos fraternales que mantuvieron la paz durante su reinado, regresen a Narnia para que estas lejanas tierras puedan recobrar el equilibrio.

Diez años después de lo sucedido en “El león, la bruja y el armario”, los hermanos Penvensie —Peter, Susan, Edmund y Lucy— se encuentran de nuevo en Inglaterra, incapaces de adaptarse a su nueva vida en el mundo cotidiano tras su condición de reyes en la fantástica Narnia. Pero la llamada del cuerno conseguirá abrir un portal entre las dos realidades y permitir que los niños que vencieron en el pasado a la maléfica Bruja del Hielo regresen para liberar, una vez más, a los narnianos de las opresoras fuerzas que los amenazan.

Sobre el papel, la canción suena bien. Es hora de explicar por qué, a fecha del concierto, no funciona.

En el arranque de este análisis hablábamos del amor, de la capacidad del cine, o de cualquier arte, de provocar una emoción en aquel que contempla. En las historias de ficción esa conexión emocional viene dada por los personajes. Si nos implicamos con ellos, hablando en plata, “el pescao está vendido”. Pero para que eso ocurra sus responsables creativos, director y guionista, tienen que trabajar y ganarse el cariño de las audiencias implicándonos en el devenir del relato. Y esta implicación es nula en “El Príncipe Caspian”.

Sin ser perfecta, “El león, la bruja y el armario” contaba con dos bazas a su favor que la convirtieron, a fin y a la postre, en un gran éxito. Una, la sorpresa de la historia. “Las Crónicas de Narnia”, aunque muy conocidas, no gozaban de la popularidad en el público de, por ejemplo, sagas como “Harry Potter” y “El Señor de los Anillos, lo que jugó en su favor, pues cogió desprevenidos a los espectadores. Dos, el sostén emocional que otorgaban dos de sus personajes, Edmund, el benjamín de los varones que manifestaba una peligrosa atracción hacia el mal, y, sobre todo, Lucy, una niña que se ganó nuestros corazones gracias a la inocencia y naturalidad del recital interpretativo que ofreció Georgie Henley, la joven actriz que la encarnaba.

En “El príncipe Caspian”, por desgracia, esas dos bazas se han perdido. La mecánica de la historia ya es previsible. El espectador conoce ya Narnia y conoce también a sus personajes, por lo que puede anticipar el rumbo de la historia con facilidad. Por otro lado, la conexión entre el público y los niños se ha perdido, porque estos personajes carecen del carisma de un Harry Potter o un Frodo Bolsón. Fían su completa efectividad no a su riqueza propia como creaciones de ficción, sino al talento interpretativo de sus jóvenes actores. Y estos fracasan estrepitosamente, incluída Georgie Henley, que ha perdido el ángel y el carisma que sí manifestó en el anterior capítulo, del que sólo quedan tenues retazos en algún gesto o mirada. En cuanto a Ben Barnes, la nueva incorporación de la saga en el papel de Caspian, su aportación es completamente prescindible. No logra en ningún momento que nos creamos a su personaje.

 Y no acaban aquí los errores cometidos por esta secuela.

Que Adamson haya optado por oscurecer el tono de la historia no implica, necesariamente, una mejora. Es más, afecta al espíritu de este universo. La completa eliminación del apreciable sentido del humor de “El león, la bruja y el armario”, hace que sus 130 minutos se nos hagan mucho más largos que los 140 del original, mientras que los momentos dramáticos de esta secuela nunca alcanzan la emoción de la mejor secuencia del primer film de la franquicia: el sacrificio voluntario de Aslan en el altar de la Reina Bruja.

Para rematar la amplia lista de errores cometidos por su máximo responsable, pues también es co-guionista, Adamson manifiesta una preocupante falta de imaginación a la hora de elaborar las secuencias de acción que se suceden en la trama. Son espectaculares sí, pero también clónicas de “El Señor de los Anillos”, ya no sólo en las formas sino en el suceso en sí. Si sufren un déjà-vu en el desenlace de este film al ver marchar un ejército de árboles, no se sorprendan, los Ents han vuelto al cine. Aunque sin Bárbol a la cabeza la cosa pierde interés.

En definitiva, “Las Crónicas de Narnia: El príncipe Caspian” es un producto digno pero sin alma, tan perfecto en su factura como vacuo en su contenido. Se podía haber hecho mucho más. Se debería haber hecho.

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