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El trovador digital. Beowulf o cómo es el cine del siglo XXI.

el  Jueves, 29 November 2007 01:00 Por 
Resulta curioso el reflexionar sobre cómo algunas historias resisten el paso del tiempo, metamorfoseándose a lo largo del tiempo...

Según Sócrates, con cada nueva mirada sobre un tema ya tratado, siempre que se realice desde la reflexión y la búsqueda de significados latentes en lo abordado, supone una nueva semilla que brota del árbol original que sirvió de inspiración y que, en su tiempo, también fue semilla de otras árboles; y así en el infinito. Moviéndonos en el tiempo después del punto y seguido, pues eso es la narración y la escritura, un arte que puede contener un segundo en mil palabras y milenios en apenas un punto y seguido, citando a ese maestro de Maine que es Stephen King, aprendemos que el narrar nace de la sinceridad, la sinceridad del conocimiento y el conocimiento del diálogo, físico o no, en papel, notas o imágenes, que se mantiene entre un emisor (autor, director, pintor) y un receptor, es decir, y ya entrando en la materia que nos ocupa, el espectador cinematográfico.

En el párrafo anterior se reflexionaba, más o menos peregrinamente, en torno a dos ideas: una, el poder mutante de las historias, dos cómo se produce la mutación y quién la realiza. Nuestro trovador o, mejor aún, juglar, Robert Zemeckis, conoce y ama las historias. Durante toda su carrera ha destacado como un artista dúctil y eminentemente narrativo, un discípulo aventajado del narrador por antonomasia que es Steven Spielberg y uno de los pocos que comprenden ese concepto que damos en llamar el lenguaje cinematográfico. Muy bien, pero hemos dicho que las grandes historias o los grandes temas que estas historias llevan ligados a su seno, mutan a partir de las múltiples perspectivas, ojos, que se posen sobre las mismas. Esto es fácil de entender, no es lo mismo el Hamlet acartonado y académico de Laurence Olivier que el festival sensitivo (y sí, manierista,) que nos propuso Keneth Branagh en la década de los noventa, aunque ambos se sustenten en la misma obra teatral, por no hablar de visiones tan dispares sobre uno de las historias fundamentales de la civilización occidental, esto es, la vida de Cristo, que da lugar a películas radicalmente adscritas al material como lo son “La pasión de Cristo” u otras que optan por ridiculizarla hasta el extremo, “La vida de Brian” de los Monty Pyton. Pero, quedando esto claro, tenemos que hablar de la evolución en la técnica, porque la técnica también marca la manera en la que se cuentan las historias y por ende, la historia en si misma.

El travelling, el movimiento de la cámara, supuso un salto cualitativo a la hora de concebir una película (fue descubierto por un operador de cámara que se encontraba rodando en una góndola y fue consciente del efecto que estaba, involuntariamente, creando); el cine sonoro otro (aunque involución es un término más adecuado en cuanto al abanico visual que ofreció el cine sonoro en relación al mudo durante sus inicios, hasta que cineastas como Coppola recuperaran la batería de recursos con el que el ingenio había suplido la falta de voz). el siguiente salto cualitativo sería el color y (desde “Terminator 2”, “Tron” o “Parque Jurásico”, el punto de partida, en el fondo, nos preocupa mucho menos que el fenómeno en sí) asistimos a otra revolución semejante de los modos y maneras y el planteamiento a la hora de contar historias en el cine; efectivamente hablamos del universo digital y de las posibilidades que ofrece, añadiéndole además un tercer eje de movimiento al objetivo que filma la acción.

Y hemos dado un gran rodeo para llegar a “Beowulf”, pero espero que haya sido provechoso para entender el punto de vista desde el cual se orienta (u oriento, porque a veces es más sincero admitir el subjetivismo de lo que estamos contando) este análisis. “Beowulf” es la adaptación (verbigracia del libreto escrito por dos ases como son Neil Gaiman y Roger Avary, guionistas de diferente formación pero de idéntico instinto a la hora de entender qué necesita una historia) de el poema épico homónimo (los versos que encabezan este artículo son su arranque) que resulta ser la primera manifestación literaria escrita, o, al menos, la primera que se conserva. Aunque se han escuchado muchos comentarios acerca de la necesidad, grado de realismo ineficiente (muchas críticas vertidas contra la película se centran en la supuesta frialdad e incredulidad que suscita el tratamiento digital, cosa bastante discutible teniendo en cuenta los años que llevamos de cine de animación pero los comienzos siempre son difíciles) y falta de argumentación a la hora de sustentar el por qué de su elección, la de Zemeckis de esta técnica narrativa, un razonamiento sosegado de los motivos nos permiten comprenderlos.

Y la comprensión se alcanza al ver la película. Dado el grado de espectacularidad y la elección del plano secuencia —recurso que se vaticina regente en el nuevo cine en tres dimensiones, ya que la impresión de profundidad que provoca este revolucionario invento hace que el montaje tenga que cambiar su estructura para no confundir al espectador (ya no se trata de unir dos imágenes planas que sino tridimensionales)— como elemento vertebral de la historia, nos confirman que la elección de Zemeckis es racional y razonada. Escenas como el travelling subjetivo desde el punto de vista de la madre de Grendel, que dura varios minutos y en la que llegamos a introducirnos en el agua, serían casi imposibles de alcanzar en imagen real, pero lo que sí es a todas luces impracticable es el realizar un clímax final como el que esta película tiene sin realizarlo digitalmente. El mantener una escena de acción sin contar plano en la que el protagonista clava su espada sobre el lomo de un dragón, saliendo despedido de la grupa de su caballo, y aupándose a los flancos escamosos del mismo, bajo un crepúsculo pálido entre los bosques helados que cercan el escenario montañoso del combate, sería, sencillamente, impracticable.

Pero no sólo se limita a las escenas de acción este problema. Los movimientos de cámara (siempre con la prolongación de las escenas y la dilatación del montaje como objetivos) en secuencias relativamente más tranquilas como pueden serlo las filmadas en las fiestas, resultan también casi imposibles sin recurrir a la manipulación digital, así que la opción de recrear todo el universo en base a esta técnica parece la más adecuada.

Por otro lado está el hecho de que Zemeckis se declara admirador del cine de animación y no sólo como experiencia infantil. Si pasados intentos como Final Fantasy (excelente película que no obtuvo, ni en crítica ni en público, el reconocimiento merecido a su calidad) demostraron que el público aún no estaba preparado para aceptar esta manipulación digital a la hora de crear seres sintéticos (era un problema, sin duda, afectivo, de imposibilidad de establecer un vínculo con aquello que se sentía falseado y, por tanto, repulsivo a un nivel más o menos inconsciente), parece que los prejuicios van cediendo y una audiencia más amplia puede disfrutar de una película narrada con esta técnica sin exigir que su temática sea infantil.

Y es que eso, a fin de cuentas, es lo importante. Beowulf ofrece una historia perfectamente trenzada, con un héroe atípico (vencido por la lujuria, mentiroso, infeliz de conseguir aquello que se ha propuesto) y una intención en el guión francamente sorprendente, que es la de acercar al monstruo y al héroe a la misma frontera (la inocencia de Grendel nos hiere y golpea, no sentimos el roce de la gloria en la manera que tiene Beowulf de derrotar a la bestia que es un niño con el cuerpo de un monstruo deforme, aunque, eso sí, un niño asesino). Súmesele a esto la realización de primera de la que tanto hemos hablado, unas interpretaciones (porque este sistema permite que el actor encarne a su personaje para ser luego transformado digitalmente) milimétricamente estudiadas y un final perfecto y poco común para este tipo de producciones y tendremos un cóctel más que estimulante, tan sólo empañado por algún chascarrillo puntual, que resulta simple cuando no infantil, y un par de momentos en los que la técnica (con respecto al movimiento de los personajes y su interacción con el entorno) sí resulta forzada. Pero globalmente se trata de un producto excelente, cuidado al mínimo en su producción y que sirve como acicate para reflexionar sobre los cambios que está experimentando el cine y que lo cambiarán, como ha sucedido y sucederá, en los próximos años.

La semilla ha germinado, veremos que frutos regala este nuevo árbol.

 

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