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Hellboy II: El ejercito Dorado: Caprichos de un genio en alza

el  Jueves, 24 July 2008 02:00 Por 
Análisis del nuevo Guillermo del toro post-Laberinto del Fauno, un film para recordar por qué el cine ha de verse en pantalla grande.

Guillermo Del Toro es un genio goloso. Se refleja ya en su aspecto, en su oronda exhuberancia, en esa enorme sonrisa traviesa que esboza una y otra vez en cada entrevista, recordándonos el pícaro que se esconde tras sus ojos de niño. Y, como todos los golosos, tiene caprichos. Y “Hellboy II: El Ejército Dorado” es, desde luego, un capricho genial.

El cine puede verse de múltiples maneras y por múltiples motivos. Uno puede buscar revelaciones mesiánicas, sesudos desgranes de los modos y maneras de la burguesía occidental, crónicas de vidas en el exilio o crudas realidades del mundo de la CNN, ese del que sólo conocemos cifras y rostros de niños hirvientes de moscas.

Pero también es sano, divertido y necesario entrar en una película con el cucurucho de palomitas más grande, el refresco más enorme (tamaño retrete) y la pandilla de parranda más escandalosa que uno tenga el placer de conocer, porque la vida también es risa, diversión y, ¿por qué no? monstruos gigantes.

“Hellboy II” es una película con sabor. Uno puede sentir en las papilas gustativas el fuerte sabor mezclado de la hamburguesa rociada con cerveza espumeante. No se nos pide que pensemos. Y, por supuesto, tampoco nosotros lo exigimos. Hemos pagado la entrada para ver a los bichos más grandes, feos y extraños que pudiéramos imaginar. Y eso es lo que se nos da, en cantidades industriales.

 Que Del Toro es un enamorado de la fantasía y, más aún, de la manufactura de esta fantasía mediante el uso heterogéneo del amplio abanico de técnicas que ofrece el cine del hoy es algo más que sabido. Pero es que, hablando en plata, con “Hellboy II: El Ejército dorado” “s´a pasao”.

En una de sus decenas de memorables entrevistas, Del Toro manifestaba su envidia sana por Peter Jackson y su trilogía del anillo (recordemos dónde ha acabado el mismo Del Toro porque dentro de poco volveremos a hablar de la Tierra Media en este análisis) ya no sólo por su majestuosa calidad sino por el artesanado de su factura. Jackson consiguió, con el mismo presupuesto empleado para la tercera entrega de “Piratas del Caribe”, firmar la adaptación literaria más compleja de la historia con una espectacularidad inédita y a un precio, comparativamente con otras superproducciones, de auténtico saldo. Del Toro, que siempre ha destacado en esta faceta, ha conseguido ese ideal de la maximización de recursos en esta secuela.

“El mercado de los trolls” es, sin duda, el punto álgido del diseño de producción. Aunque contamos con mil y un escenarios y criaturas a lo largo de todo el metraje que son un deleite orgásmico, las apretadas calles de este sobresaturado bazar exceden la capacidad de asimilación visual. Extrañas mujeres con una corona de brazos remedo de medusas, criaturas cubiertas de tumores y protuberancias que se desplazan a rastras en la oscuridad, insistentes vendedores que pueden ofrecer objetos incrustados en su propio cuerpo... Miremos a donde miremos, la cara será de pasmo.

A pesar de que dicho escenario no hace acto de presencia hasta mediado el metraje, y a pesar de que todavía no hemos hablado del argumento, “El mercado de los trolls” constituye el trampolín perfecto para poder hablar con amplitud de “Hellboy II: El ejército dorado”, porque independientemente de otras cuestiones secundarias (el guión, por ejemplo) aquí lo que cuenta es cómo de bonito se pueden hacer las cosas.

Y, en el caso del realizador mexicano, las cosas pueden hacerse divinamente.

En lo argumental, “Hellboy II: El Ejército Dorado” ha evolucionado poco respecto al film original. Además, cuenta con un lastre importante, que se subsana parcialmente gracias a un mayor protagonismo de Abe Sapien, el anfibio amigo de Hellboy que vuelva a interpretar Doug Jones (por triplicado en esta función), y es que el corazón emocional de su primera entrega, el amor de Hellboy por Liz, vínculo que dio pie a alguna de las mejores escenas románticas de los últimos años, se encuentra ausente.

Ya como pareja de hecho, Liz y el demonio rojo son más una excusa para las discusiones propias de los enamorados cuando la pasión se enfría o para anticipar por dónde irán los tiros de la tercera entrega que un sostén consistente que de sentido a la trama.

 Éste es, probablemente, el punto flaco de “Hellboy II: El Ejército Dorado”, que todo su virtuosismo técnico y plástico va supeditado a una historia que se siente como transición. Sí, desde el principio conocemos que el ejército dorado al que hace referencia el título será el punto culminante del relato, pero mientras que en “Hellboy” el personaje sufría un cambio radical y relevante en su enfoque vital, aquí eso no sucede, es una historieta más dentro de las miles de grandilocuentes batallas que este antihéroe se ve obligado a lidiar.

Esta separación del sustrato argumental con el sino de “Hellboy”, que es, tanto en el cómic como en el cine, lo fundamental del personaje (recordemos, está destinado a destruir el mundo), es culpa de lo mucho que se ha mirado el ombligo su realizador en esta ocasión y del hecho de que este film es una probeta para su mayor y más ambiciosa tarea, esa viaje en dos etapas a la Tierra Media para el que ya prepara las maletas.

“Hellboy II: El ejército dorado” sirve, simultáneamente, como auto-homenaje de la mitología creada por el realizador en “El Laberinto del Fauno” y como campo de pruebas para el tipo de técnicas y escenarios que tendrá que emplear en las futuras incursiones en “La Comarca” y aledaños.

 El susodicho  auto-homenaje viene dado por la presencia de un reino, Bezmorra, y de sus dos príncipes, Nuala y Nuada, hermanos gemelos unidos por un vínculo de sangre que les provoca que cada agresión recibida sea compartida.

Hagamos memoria.

En su extraordinaria “El laberinto del fauno”, Blanca, la fantasiosa joven interpretada por Ivana Baquero, descubría su condición de princesa de un mundo de cuento. Si recurrimos a nuestro DVD descubrimos que el reino en cuestión era Bezmorra y el nombre de la princesa (¿lo adivinan?) Nuala. Pero aún hay más.

Si recordamos el nudo argumental de la dimensión fantástica presente en su anterior obra maestra, nos será fácil percatarnos de que el beligerante príncipe Nuada, interpretado magistralmente por Luke Goss, es el reflejo del bebé hermano de Blanca, el bebé del que debía derramar su sangre inocente para hacerse con su reino. Aunque su condición de gemelos anula la teoría de que sean, exactamente, los mismos personajes, es obvio que Del Toro decidió explorar el universo creado en “El Laberinto del Fauno” y trasladarlo a esta segunda entrega de su proyectada trilogía dedicada a Hellboy.

Si bien la idea permite que el film se beneficie del interesante trasfondo fantástico propio de un cuento de hadas, seña de identidad del realizador, también resulta obvio que este tipo de ambientación no es la propia de Hellboy. Pero bueno, como ha servido para poder ver al gigante enfrentarse a un ejército de golems de oro macizo, “aceptamos pulpo como animal de compañía”.

En cuanto a lo tocante a la experimentación, resulta muy evidente. Elfos, combates a espada y grandes criaturas fantásticas capaces de destruir edificios sin esfuerzo; esto me huele a chamusquina, digo, a hierba para la pipa.

La escena del elemental o del golem de piedra pueden considerarse aproximaciones a ese terrible Smaug que será uno de los puntos más fuertes de “El Hobbit” (de hecho, había un dragón chino en el guión original que ha sido misteriosamente “traspapelado”), así como el Príncipe Nuala y su hermana son los personajes perfectos para ensayar qué tal se le dan los elfos al director de “Blade II”. Y, de paso, para llamar la atención de Mr. Jackson que, cansado de discusiones y pleitos con New Line Cinema, buscaba un realizador capaz de asumir la tarea.

Viendo la perfección con la que Del Toro ha orquestado “Hellboy II: El ejército dorado”, la elección parece haber sido bendecida por los dioses del celuloide. Esperemos que el parto sea limpio e indoloro.

Antes del adiós, una posdata. Atentos a la antológica escena de amistad entre Hellboy y Abe Sapien con Bob Dylan como telón de fondo. Irrepetible, como el talento del mexicano.

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