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Héroe sin saberlo: Hancock

el  Lunes, 21 July 2008 02:00 Por 
Crítica sobre Hancock, uno de los blockbusters del verano.
En la jauría de superhéroes que nos avasallan desde la gran pantalla estos últimos años, resulta agradable o cuanto menos halagador que a veces nos sorprendan. Cuando un color monopoliza nuestra vista, siempre surge otro que rompe con la comodidad de esta estúpida costumbre, del estancamiento que lleva el no mirar más allá. En cierto modo, Hancock no es un producto nuevo ya que nos vende las mismas premisas comerciales de la industria: gags sobre culos, efectos especiales agradables a la vista, acción a raudales e historias entremezcladas que nos sacuden de golpe al final; y precisamente es en esta última parte donde lo que me parecía una original y loable apuesta fílmica pasó a convertirse, al menos parte de ella, en un triste guiso de caldos que olían mal. Era un producto nuevo hasta que quisieron meterle más hilo a una trama donde ya no cabía más, porque el ritmo lo impedía, y por ello tenemos un fin precipitado y lleno de muy poca credibilidad. Por esto mismo me defraudó. Porque quería creérmela, porque me encantan los antihéroes, la patada en el culo a lo establecido, lo original, lo que renueva un statu quo extrañamente incuestionable.

A pesar de ese desaguisado me encontré con una sincera propuesta. El nuevo reto comercial de Hollywood resultó ser una agradable visita a un lugar en el que disfruté, a un tiempo amable que se resolvía con un Will Smith espléndido en su papel, o con un Hancock que se ganaba el corazón del que se sentía en parte como ese pobre antihéroe que salva el mundo constantemente aunque nadie le dé la mano. Con ese borracho que sonríe apretando los dientes. Peter Berg, el director, supo hablarnos de ese “otro lado” que siempre, aunque muchos lo ignoren, sigue estando cerca del blanco, del satisfecho, del que gana, del que sonríe. Hancock y su aleatorio nombre dadaísta, el superhéroe bukowskiano, el hombre desencantado por un mundo eternamente insatisfecho y degradante, tiene más de héroe que Superman, Batman, o Spiderman, porque es el héroe que existe sin saberlo, el que está en cada uno de nosotros. Es el dios capaz de convertirse en hombre y morir por cuestiones de amor. Es el hombre que se convierte en héroe para salvar a un mundo que dice no necesitarlo.

Hancock no deja de darme un hermoso paralelismo: igual que la propia torpeza del personaje que no sabe aterrizar, pero también igual que conmueve y cala hondo en el que visiona su aprendizaje espiritual, es Hancock, la película, un asombroso ejemplo de esto mismo. Uno siente torpezas en su largometraje, sobre todo al final, donde la historia parece estar algo descompensada. Pero un tren lleno de sentimientos ha cruzado por sus ojos. Un héroe ha venido a salvar lo que podría haber sido otro desastre comercial, con una botella de alcohol, un saco roto y unas gafas enormes. Y debía ser, claro, rompiendo barreras.

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