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JOHN CARPENTER´S DARK STAR, prometedor comienzo de un realizador irregular

el  Miércoles, 28 April 2010 02:00 Por 
Odisea en el espacio, surf y bombas termonucleares

 

En principio, Dark Star (1973) fue un proyecto estudiantil de 45 minutos de duración filmado en 16 mm. Esta película fue vista por el productor Jack E. Harris, quien obtuvo los derechos de distribución y consiguió el dinero para filmar otros 38 minutos adicionales y transferir el material filmado al formato de 35 mm. Originalmente el guión se llamaba Beachball with Claws, subargumento que serviría al guionista, editor y coprotagonista del film Dan O´Bannon para escribir el clásico Alien, el octavo pasajero (Alien, 1979). Mucho se ha escrito sobre la génesis de este clásico de la ciencia ficción realizado con medios mínimos y resultados sorprendentes que maravillan a los aficionados hoy en día, así que pasemos al análisis de esta obra de principiante que contiene tantas referencias fantásticas que darían para un libro entero.

En el siglo XXII, una nave espacial de exploración llamada Dark Star es la encargada de la limpieza de aquellos planetas con un alto grado de inestabilidad que amenazan la futura colonización de la galaxia por los seres humanos. Los artefactos que realizan dicha labor serían “Bombas Exponenciales Termoestelares”, capaz de fulminar un planeta, y que llevan añadida una función de inteligencia artificial que les permite dialogar con los cosmonautas y la computadora de a bordo, haciendo entendible su propia misión y existencia como elementos  de destrucción.

Lo que más llama la atención de este clásico es la versatilidad de sus autores, por aquel entonces estudiantes, para la creación de una space opera con unos medios más que limitados y apostando sus mejores bazas a un sólido guión y al aprovechamiento de todos los recursos que el cine de ciencia ficción había explotado hasta la época: ingenios nucleares, paseos espaciales, inteligencia artificial, alienígenas subyugados por humanos, etc. son temas recurrentes en el film que conforman una historia cuyo nexo de unión es la relación entre los astronautas y la bomba inteligente número 20, cuya inteligencia artificial es desencadenante de la tragedia que llevará a la nave a la destrucción. Mientras que la relación entre los astronautas está fundamentada en el tedio existencial que les supone la convivencia de 20 años que está durando su misión, la bomba se desvela como una especie de Hal 6000 con conciencia de sí misma pero de moral neutra, al contrario que los astronautas, que desempeñan su trabajo con insana eficacia. La estética es decididamente naïf y deudora de las películas de serie B de los años cincuenta, pero el uso del color y la inclusión de numerosos detalles técnicos al socaire de los descubrimientos científicos de la era espacial, le confiere un aire de modernidad por el que no está pasando el tiempo. Todo lo contrario, si la película se ve hoy en día sin prejuicio alguno, se disfruta como un espectáculo vintage e increíblemente divertido.

En el plano narrativo de la comedia, la película resulta ser un cóctel lisérgico a ritmo de música surf de la contracultura americana de los años 70. En primer lugar, la misión de “búsqueda y destrucción” que realiza la nave espacial fue un tópico de la guerra de Vietnam con la que lidió la generación de Carpenter, quien se mira en el espejo del fatalismo de la sociedad americana y por ende de todo el mundo occidental, empeñado en subyugar o destruir a toda aquella civilización que le sirva de estorbo a su expansión. Gráficamente, este nexo de unión con la realidad de la época lo ponen las comunicaciones que los tripulantes reciben desde  la tierra, de una estética televisiva de la época, todo esto mostrado por Carpenter desde una actitud veladamente contracultural.

¿Por qué no podría haber una mascota en una nave espacial, y que ésta fuese alienígena? En el encuentro de los cosmonautas con alguna de las formas de vida que van destruyendo, los tripulantes de la nave toman a un ser alienígena como mascota, un ser con forma de globo cartilaginoso que inspiró el título original de esta película. Esta criatura es la causa de una divertida persecución por los conductos de ventilación, en lo que posteriormente Dan O´Bannon convertiría en uno de los sellos de fábrica de la saga  Alien. Otro de los elementos precursores de Alien sería el juego del cuchillo que el androide Bishop realizaría en Aliens (Aliens, 1986) de James Cameron, y que aquí ejecuta uno de los astronautas.

Hay realizadores que sorprenden desde el primer momento y su etapa mejor y más prolífica viene a ser la de sus inicios, obteniendo en ella los mejores resultados. Este es el caso de John Carpenter. Firmante de títulos clásicos de los 80 como La Cosa (The Thing, 1982) más tarde parece como si perdiera el rumbo y, sumergiéndose en el mundo de la serie B de lujo, presenta una obra muy irregular y poco deudora de sus brillantes principios. Digo esto pese a quien pese pues, si bien la objetividad en cuestión de arte es algo imposible, creo que muchos aficionados estarán de acuerdo en que John Carpenter  tiene en su filmografía obras redondas, las menos, y auténticos pastiches, los más. El nivel de sus buenas películas como Rescate en Nueva York (Scape from New York, 1981) y su posterior secuela, Están Vivos (They Live, 1988), En la boca del miedo (In the mouths of madness, 1995) o la mencionada La Cosa, es tan elevado que se elevan sin motivo sus nuevas creaciones a la altura de obras clásicas, aún cuando no han sido siquiera exhibidas en las salas y sólo son meros proyectos. Así es como desaprovecha adaptaciones como la de Vampiros (John Carpenter´s Vampires, 1998), se embarca en vacuos proyectos mainstream  como Memorias de un hombre invisible (Memories of an invisible man, 1992), realiza acercamientos al cine familiar en Starman (Starman, 1984), destroza clásicos como El Pueblo de los Malditos (Village of the Damned, 1995), dilapida el dinero en productos tan poco vistosos como Fantasmas de Marte (Ghosts of Mars, 2001) y dirige insulsos episodios de terror en la serie Masters of Horror. Dicho lo dicho hay que alabar a Carpenter el legado que nos ha dejado y que esperamos que aún no esté terminado. Lo lógico sería que un cineasta, a su madurez, con el conocimiento adquirido de los medios y el lenguaje cinematográfico, diese sus mejores frutos, aunque no siempre es así, y parece como que la chispa y la espontaneidad de esa edad de la inocencia se pierde para no volver. Confiemos en que ese espíritu contracultural y renovador de los miedos clásicos aún siga vivo y nos sorprenda con una nueva época dorada de terrorífica creatividad. Quién sabe.

 

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