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La fuente de la vida

el  Sábado, 29 September 2007 02:00 Por 
Pocas veces el nacimiento del arte es un parto tranquilo, pocas veces un artista puede alcanzar su cima sin sacrificio.
Pocas veces una obra es un tributo a la vida, pocas veces el creer en lo que uno quiere contar vence a lo que otros quieren que cuentes, pocas veces recordamos que el dinero es sólo papel y cifras, pocas veces, muy pocas veces aparece una película en nuestras salas de la calidad de “La fuente de la vida” o (mejor aún) simplemente “La fuente”, obra y gracia de Darren Aronofsky, el genio neoyorquino que no deja de regalarnos propuestas densas, a contracorriente de la industria y que en esta ocasión ha elegido abrir sus venas para que podamos ver su sangre, ver cómo con su dolor nos habla de la muerte y, por ende, de la vida. La fuente, vida y muerte, redención y esperanza.

Reparto y director

Protagonizada por su actual mujer Rachel Weisz (que a raíz del amor surgido por el director de esta película ha decido dar un vuelco a su carrera interpretativa, abandonando el cine comercial —“La momia” y similares— y centrándose en elegir proyectos de mayor calado —cómo lo es “My Blue Berry Nights” primera incursión norteamericana del maestro de Oriente, Wong kar Wai—) y el actor australiano de moda (Woody Allen, Aronofsky y Christopher Nolan el mismo año, directores que han depositado su confianza en este excelente intérprete) Hugh Jackman, la verdadera razón de ser de esta película es su director, Darren Aronofsky.

Interesado desde siempre por la revolución visual y argumental del cine (desde su corto experimental “Protozooa”, pasando por “Pi” o “Réquiem por un sueño”) este joven talento del cine actual decidió renunciar a todas las ofertas que le llovieron a raíz de sus dos primeras películas y arriesgar su prestigio y carrera en un proyecto imposible titulado “La fuente”, proyecto que ha tardado seis años en completar y que ha fracasado en taquilla y ha sido incomprendida por festivales y crítica. Vista la película, poco de esto importa, sólo confirma la desconfianza en los juicios desdeñosos y absolutos sobre cualquier manifestación artística, para bien o para mal.

Sí, resulta conmovedora la infatigable determinación de su creador para dar a luz a su obra. Después de ser rechazada a mitad de rodaje (cuando ya contaba con un presupuesto más que abultado y un dúo de estrellas, atractivo de cara a la taquilla, para protagonizarla —Brad Pitt y Cate Blanchet—) la productora dio marcha atrás y ni siquiera abonó el billete de avión destino Sydney (se lo pagó el mismo) a su director para que informara de la congelación del proyecto al grupo de cuatrocientos artistas que trabajaban desde hacía diez meses en el mismo (al parecer fue el propio Pitt quién saboteó el rodaje al vaticinar su fracaso en taquilla; no cabe duda que acertó.) Por ello Aronofsky decidió disminuir la dimensión inicial de la historia y adaptarla a un presupuesto mucho más modesto (pasó de los 120 millones de dólares a unos escasos 35,) al tiempo que la simultaneaba con el lanzamiento de una novela gráfica basada en el antiguo libreto. Al final se ha salido con la suya, sólo el tiempo conoce lo que su carrera pagará por este fracaso económico y gloria eterna en lo artístico.

La película

Mal vendida como película de fantasía, falsamente vapuleada como ejercicio vacuo y recargado de ciencia ficción, acusada de pretenciosa y abucheada durante su estreno en el festival de Venecia, “La fuente” es una película de difícil digestión para una parte de la crítica y público. Lo es, porque se trata de una historia densa, de ritmo pausado y exigente con la implicación del espectador en lo contado; pero no es, desde luego, el absurdo batiburrillo de argumentos futuristas y pretéritos que pregonan algunos. Alejándonos completamente del punto de partida erróneo del hecho de que nos encontramos ante tres historias entrelazadas (la historia es única), la clave para entender esta película se resume en una palabra: “Imaginación”. Imaginación para encontrar el sentido de seguir viviendo, para enfrentarse a la muerte cara a cara, para no ahogarse en la pérdida del ser querido y ser capaz de seguir adelante. Extraordinariamente interpretada por un dúo que se siente vivo (pocas veces vemos a dos actores rayando a un nivel tan alto que sobrepasa el de la actuación para convertirse en encarnación de sus personajes) la película elabora partiendo de la base de la tragedia del cáncer en nuestra sociedad (tragedia que tocó a Aronofsky muy de cerca, su hermana lo sufrió y logró superarlo) una metáfora sobre la necesidad de la muerte en virtud de la vida, pues la una no existe sin la otra; sin muerte la palabra vida carecería de todo sentido, pero sin vida tampoco se podría morir.

Acompañando esta idea espiral se encuentra un imaginario visual extraordinario (con el mejor nivel alcanzado hasta ahora por sus dos colaboradores perennes Clint Mansell en la banda sonora y Matthew Libatique en la fotografía) y una sobriedad y contención en la puesta en escena sorprendentes, de planos muy largos y fijos (en ocasiones casi teatrales,) de rostros filmados desde tan cerca que podemos ver sus poros, de unos personajes inmersos en su amor y en su deseo de seguir amándose. La película alcanza la perfección, no le sobra ni le falta nada; no hay mejor elogio al amor (sinónimo de vida) que el que brinda Aronofsky en estos noventa y cinco minutos de duración. Mención especial merecen sus logros técnicos, que desde la escasez del presupuesto y la negativa por parte de su realizador a emplear técnicas de infografía digital (llego a contratar a un científico inglés para la elaboración por medios químicos de las imágenes de la estrella moribunda) para la elaboración de las imágenes de la película, el nivel visual desplegado es inédito por su belleza y plasticidad, destacando por encima de todas las secuencias que transcurren dentro de la nave con forma de esfera de cristal, viajando a través del universo para alcanzar la nebulosa de una estrella moribunda, Xibalba, que provocará con su muerte el nacimiento de nuevas estrellas, cerrando el ciclo. Una película sencillamente irrepetible y que puede penetrar en la vida y sentimientos de una persona, de una forma casi desconocida en cualquier expresión artística, si se tiene la suerte de que a uno le ocurra.

Conclusión

En pocas palabras, hay que ver esta película, reivindicarla, hacerla nuestra y compartirla con la gente a la que amamos, pues es, en esencia, un tributo a ese sentimiento y también una llamada a las conciencias en este mundo de violencia e intolerancia en el que parecemos habitar en silencio. No tenemos porque callar, gente como Aronofsky está ahí para recordarlo, para recordar cuánto vale la vida y la muerte.

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