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La isla: Clonación y corporativismo a golpe de video-clip

el  Lunes, 07 April 2008 02:00 Por 
Análisis de este título de ciencia ficción que supone el mejor trabajo de su realizador hasta el momento, Michael Bay.

Es curioso el caso de “La isla”. A pesar de ser el mejor film del realizador norteamericano Michael Bay, a pesar de contar con una pareja protagonista de probado éxito en la taquilla, Ewan McGregor y la bellísima Scarlett Johansson, a pesar de ofrecer un despliegue de efectos especiales espectacular y de contar con un guión de lo más entretenido, el film no cuajó. A veces las cosas, simplemente, suceden.

Michael Bay ha demostrado a lo largo de los años, a pesar de las simpatías o antipatías que pueda despertarle a uno (no es santo de mi devoción, la verdad), que es uno de los realizadores actuales que mejor entiende y conecta con el gusto del público, uno de los privilegiados rompetaquillas que conoce la fórmula perfecta para penetrar las retinas del espectador y ensordecer sus neuronas con el continuo bombardeo de explosiones, a cada cual más espectacular e inverosímil. Entonces, ¿qué falló en "La isla"?

Probablemente su género. “La isla” es una película de ciencia ficción bastante light en su concepto y muy light en su ejecución, claramente orientada a ganarse la complicidad del público en base a los chistes superficiales y a los personajes estereotipados. Pero es que el género no cala, se encuentra, en este momento y en esta vertiente, en un punto muerto. A pesar de que hemos asistido recientemente a alguna de las mejores obras en la historia del género —“Hijos de los Hombres”, “Sunshine” o “Man From Earth” son sólo tres ejemplos; pero hay bastantes más—, sino recurrimos a los superhéroes o los robots venidos de Marte (Bay es de los que aprenden muy rápido la lección) parece que el público se pierda en un erial de desconocimiento. Y es que no es para tanto la “complejidad” de la película.

Tenemos una corporación, un presente tóxico y apocalíptico fuera de sus instalaciones y una promesa para sus uniformados habitantes, que viven bajo el control y supervisión de férreas normas disciplinarias que inhiben sus instintos sexuales y tienden a fomentar el individualismo y el aislamiento, aunque con cierta laxitud para permitir las conversaciones entre sus miembros, por razones que luego nos serán explicadas.

La clave de la vida espartana de estos individuos parece encontrarse en la promesa de un lugar edénico conocido como “La isla”, adonde sólo van los elegidos en una lotería que se celebra día a día. La vuelta argumental que se plantea a la mitad de su metraje no será desvelada aquí, pero sí podemos decir que la clonación, los deseos de permanecer inalterable al paso del tiempo y al deterioro del organismo que nos son comunes a todo ser de nuestra especia y el feroz capitalismo que está dispuesto a violar los mínimos principios morales cuando hay muchos ceros de por medio, se entremezclan en su desenlace. Esto fue el qué, entremos de lleno en el cómo.

Michael Bay, guste o no, es uno de los directores más influyentes de nuestra época. Poseedor de un estilo propio, heredero directo del asumido por los hermanos Scott en la última década, su puesta en escena es lo contrario a la transparencia. Bay es abigarrado, barroco; usa angulaciones en sus encuadres completamente exageradas, sus trávellings suelen ser auténticos prodigios de movimiento, normalmente reñidos con la claridad de la acción, y el ritmo de su montaje es frenético, tanto si la escena es un simple diálogo entre dos personajes, como una persecución en toda regla con helicópteros abriendo fuego sobre un vehículo volador en el que huyen sus personajes. Su propuesta estética se ve respaldada por una búsqueda constante del fotograma de anuncio, para lo que se sirve de una fotografía que juega constantemente con la alteración cromática y la sobreexposición. En definitiva, es un manierista, y sus films son bobinas de celuloide, (o DVD´s, si nos vamos a lo doméstico) completamente hedonistas, un culto de Michael Bay al ombligo de Michael Bay en toda regla. Pero el caso es que la fórmula funciona.

Sí, sus defectos son evidentes, y se ven además potenciados por la pobreza con la que sus guionistas suelen definir a sus personajes y la falta de gracia de sus diálogos. Pero estos defectos se compensan, parcialmente, con lo entretenido que resultan sus films. Pocos directores pueden afirmar poder rodar secuencias de acción con cientos de efectos especiales durante veinte minutos sin apenas diálogos y que el interés del público no decaiga un segundo. Michal Bay puede y lo hace.

Además, en el caso de “La isla”, se da la feliz coincidencia de que el argumento es intrigante, y, aunque después del imprevisto giro del guión (imprevisto, ojo, si uno no es avezado lector de ciencia ficción que entonces lo tiene mucho más fácil; no le vamos a pedir a Bay que sea el nuevo Heinlein), la situación se vuelve mucho más tópica y es más un despliegue de fuegos artificiales que otra cosa, no por ello deja de resultar menos estimulante de cara a una tarde de reláx con una cerveza bien fría exudando sus gotas de condensación sobre la (prominente o no) panza del espectador. Y si uno tiene palomitas a mano, mejor que mejor.

Y, a pesar de todo, “La isla” fue un fracaso; y eso que Bay nunca lo ha merecido menos. Cosas que tiene la vida.

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