Scifiworld

La lección y la sonrisa

el  Domingo, 16 September 2007 02:00 Por 
Un comentario sobre Ratatouille
Hay veces en el camino de la vida que nuestra creencia en lo que sabemos, en lo que damos por sentado y asumimos, se tambalea súbita e inesperadamente, y la arrogancia se funde ante la luz de la experiencia que nos ha enmudecido. Sea ésta una situación imprevista en un día cotidiano, sea la sabiduría que destilan las palabras de quién menos apreciamos o, simplemente, el embeleso y disfrute de una obra de arte que nos envuelve por sorpresa, el sentimiento apaga la capacidad racional de juicio que solemos aplicar a todas y cada una de las experiencias que sufrimos a lo largo de los días y nos devuelve a la simplicidad pura y limpia del asombro, el asombro de la mirada de un niño que observa como la magia de lo inexplicable sucede delante de sus ojos.

La labor del que critica, en muchas ocasiones, se resume en espolear algunos de los peores sentimientos de nuestra humanidad, la prepotencia del juez, la displicencia a la hora de tachar de mediocridad el esfuerzo, siempre valiente, de someter a miradas ajenas la intimidad de lo creado y, sobre todo, el disfrute de dañar al prójimo, de recrearse en las torpezas ajenas de aquéllos que consideramos inútiles en la labor a la que se emplean, disfrazando con egolatría y vanidad, la inseguridad y duda que todo ser humano alberga para sí.

Sí, siempre es más fácil ejercer de verdugo que de víctima y parece que nuestra naturaleza nos inclina antes al desprecio que al elogio. En su última película de animación, Ratatouille, su realizador Brad Bird (que desempeña el término realizador en todo el ámbito de la palabra, pues escribe y dirige esta obra maestra del cine desde ahora y para siempre) nos da una lección magistral sobre el respeto a nuestra capacidad de asombro, a la belleza de nuestros sueños (en el sentido individual de la palabra, de los sueños íntimos de cada uno de nosotros) y al deseo inmortal de realizarlos, un respeto con el que nos es muy fácil congeniar y muy difícil practicarlo, pues implica una generosidad y una limpieza en la mirada a la hora de valorar la validez ajena, muy alejada, en numerosas ocasiones, de nuestra cotidianeidad.

Es por ello que una película como Ratatouille supone un verdadero evento emocional para todo aquél que la contempla y una suerte de elogio a la tolerancia como bandera de la convivencia con la que es difícil no soñar, utópicamente dado la realidad del mundo en el que vivimos, como el ideal que debe regir la búsqueda del hombre, en su camino moral para conocerse a sí mismo y aprender a respetar y respetarse. Es, a la vez, una cálida palmada en la espalda para todo aquel que haya experimentado el impulso de la creación, el deseo de establecer un diálogo consigo mismo y con los demás a través del poderoso lenguaje que es el arte, sea el pincel, el pentagrama o las palabras su vehículo para alcanzar este objetivo. Brad Bird nos anima a perseguir las estrellas sin valorar si podemos alcanzarlas o no, pues lo que verdaderamente tiene valor es el intento, antes que el logro.

Y se podría decir también, y no sin razones y argumentos que lo respalden, que Ratatouille es una reivindicación de la universalidad del medio artístico como transmisor de sentimientos y experiencias al espectador, una valiente declaración convencida, hasta sus últimas consecuencias, de que no existe arte pequeño a la hora de que la imaginación vuele: lo que existe, e importa, es el mensaje que se quiere transmitir.

El cine de animación ha sufrido el menosprecio por parte de la crítica, desde su misma concepción, como un medio relegado a la simplicidad de argumentos y al infantilismo pueril o a la vacua explotación mercantilista. Pero bueno, también han sido objeto del mismo maltrato el género de la ciencia ficción, la fantasía, el cómic o el mismo cine en general. A lo largo de la historia, la descalificación suele ser la primera respuesta ante determinado tipo de expresiones artísticas que intentan alcanzar el espectro de lo popular, que luchan por llegar a la gente, precisamente por el hecho de buscar una audiencia amplia a la que transmitir su mensaje, antes que caer en el sibaritismo de compartir la calidad con una elite intelectual. Evidentemente, la actitud adoptada por alguien como Brad Bird a lo que debe promover es al elogio, y jamás al menosprecio, porque valora por igual a cada butaca a la hora de que sufran la emoción del viaje que propone.

Hay un infinito de elogios a enumerar al hablar de esta última producción de esa milagrosa fábrica de sueños que es Pixar (y que no deja de recordar a lo que fue la propia Disney antaño, aunque la naturaleza de la compañía fundada por el animador y realizador John Lasseter plantee una complejidad y riqueza en sus argumentos probablemente superiores a los que nunca tuvo antaño la mítica productora de largometrajes animados).

Por un lado, el nivel alcanzado en la animación computerizada en esta película es, sencillamente, inédito, porque su riqueza artística (con una atención al detalle exquisita que se refleja tanto en la textura e iluminación, como en el diseño de personajes y ambientes que logran que el París imaginario luzca con tanto o más brillo que el original) y la naturalidad que alcanzan sus personajes no tienen parangón con ningún otro ejemplo, reciente o lejano, dentro del campo digital, superándose, incluso, a sí mismos en sus anteriores, y ya extraordinarios, esfuerzos por explotar las posibilidades del medio.

Otro punto a destacar sería lo extraordinario del clasicismo de la propuesta, que se aleja completamente del cliché establecido en el cine reciente de animación, en su necesidad de acumular chascarrillos y bromas más o menos banales a una velocidad desbordante para retener, de manera artificial, la atención del espectador. Aquí lo que importa es el contarnos una buena historia, no existe la obsesión por mantener nuestro interés a toda costa a base de aligerar de profundidad lo contado.

Y, sobre todo, no encontraríamos palabras para definir con acierto la labor de su genio creativo, Brad Bird, tanto en su vertiente realizadora (desbordante el pulso de su puesta en escena, que nos transmite con el plano secuencia la perspectiva de vivir como un ser diminuto en un entorno hostil dominado por gigantes, la emotividad de la amistad, cediendo con generosidad el peso de los planos a sus protagonistas y nunca a la inversa o, en la que es, probablemente, su mejor secuencia, la infancia recuperada por uno de esos jueces intratables que vuelve a ser niño y a conocer la alegría a través de los recuerdos despertados por el plato que da título a la película) como en sus tareas como cuentacuentos. Su historia resuena en adultos y niños por igual, porque los niños tienen la magia necesaria para entender la historia a un nivel intuitivo y los adultos despiertan con ojos de niño, al menos durante la proyección de esta gran, enorme obra maestra.

Pero es mejor permanecer en silencio y tan sólo invitar a los ojos que le son aún extranjeros a conocerla. Amarán la lección dada y la sonrisa bailará en sus labios, aún cuando las luces se enciendan y la magia de las imágenes se desvanezca. Resonará en los corazones.

Medios

UP_Ratatouille.flv

Y además...

09.jpg

C/ Celso Emilio Ferreiro, 2 - 4°D
36600 Vilagarcía de Arousa
Pontevedra (España)

Redacción: 653.378.415

[email protected]

SFW Internacional

Copyright © 2005 - 2019 Scifiworld Entertainment - Desarrollo web: Ático I Creativos

Esta web utiliza cookies para mejorar la experiencia de los usuarios. Para conocer el uso que hacemos de las cookies, consulta nuestra Política de cookies..