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La misión: ¡Creed y seréis libres!

el  Sábado, 28 June 2008 02:00 Por 
Análisis de uno de los mayores hitos en la historia de la ficción televisiva, el episodio "La Misión", perteneciente a la serie "Cuentos Asombrosos" creada por Steven Spielberg que firma, así mismo, este capítulo.

La imaginación es libertad, es lo que distingue al hombre de los demás seres vivos, el ilimitado vuelo de nuestra mente. Si hay un cineasta en la historia del séptimo arte a quien pueda atribuírsele este concepto como el atributo esencial de su idiosincrasia ése es Steven Spielberg. Y tal vez sea “La Misión”, un mediometraje de tres cuartos de hora realizado para la serie televisiva “Cuentos Asombrosos” (concebida por el propio Spielberg), el film que mejor resume la fascinación de su director por lo milagroso, por lo imposible, por aquello que sólo puede suceder en nuestros sueños.

Guillermo Cabrera Infante en su extraordinario libro “Cine o Sardina”, magnífico ejemplo de cómo un ensayo, amén de didáctico, puede ser terriblemente divertido, indicaba, con acierto, la naturaleza mesiánica del cine de Spielberg, un cine prolijo en personajes en lucha contra la mediocridad por una búsqueda insatisfecha de lo extraordinario. Probablemente, partiendo de su reflexión, se pueda afinar aún más esta característica definitoria de su carrera artística definiendo su visión cinematográfica como la búsqueda de la revelación a través de lo imaginario.

La imagen más repetida en el cine de Spielberg, quien ha sido injustamente acusado de pirotécnico en numerosísimas ocasiones, es un off-visual, un fuera de campo: la expresión de un rostro con los ojos desorbitados que mira algo aún invisible para el espectador, lo extraordinario.

 Bien sea con el matiz religioso presente en “En Busca del Arca Perdida”, —la archifamosa secuencia que transcurre en el pozo de almas, en la que podemos ver el rostro de un Indiana Jones ávido de conocimiento y sumido en la fascinación (sin duda la imagen más repetida de toda la saga)—, bien sea como engranaje argumental, —por ejemplo en “A.I.”, cuando el robot David apoya su cara en el interior del cráneo para ver la primera imagen grabada en el cerebro artificial de todas esas réplicas infantiles— o como mero apoyo emocional, —otra vez el legendario arqueólogo, en la fantástica secuencia del tanque de “La Última Cruzada”, en la que, subido sobre el armazón de la máquina, Indy contempla, horrorizado, la cercanía del barranco—, la imagen se repite una y otra vez, incansable. En “La misión” esa imagen, combinada con el poder sin límites de la imaginación para vencer cualquier escollo, supone una epifanía irrepetible.

El escenario, la Segunda Guerra mundial; en concreto, un avión militar estadounidense en misión de combate. Ya en su comienzo, el capitán encarnado por Kevin Costner, debutante en este film, anticipa lo que será el nudo de la trama: Jonathan, un joven artista que es el ojo derecho de la tripulación, por su valentía y su buen corazón, cumple su misión número 23, número fatídico que su capitán quiere evitarle. Pero Jonathan acaba venciendo los resquemores del oficial gracias a su popularidad entre la tripulación. Evidentemente, las cosas no irán bien para Jonathan.

Tras derribar un caza alemán desde su torreta en el vientre del aeroplano, Jonathan sufre la mala fortuna de quedarse atrapado en su estrecha cabina. Parte del morro del caza abatido ha penetrado el casco del avión, bloqueando la escotilla de salida y soldándose con el metal del fuselaje, haciendo imposible su liberación salvo mediante el uso de un soplete, soplete del que, por su puesto, la tripulación carece. Para empeorar las cosas, el tren de aterrizaje no funciona y una mirada a través de los obenques confirmarán la tragedia: las ruedas han sido arrancadas de cuajo y sólo unos inútiles manojos de cables cuelgan del aparato. El avión tiene que aterrizar sobre el vientre, como bien sabe su capitán. Jonathan está condenado salvo que encuentren una solución milagrosa.

Y la encuentran, pero, como siempre ocurre con el Mago del Cine, las cosas siempre pueden ponerse aún más difíciles para que la recompensa del final feliz sea el doble de emocionante. El avión ha perdido dos motores y apenas lleva combustible. Los compañeros de Jonathan ponen en marcha una idea desesperada pero que podría funcionar. A través del estrecho respiradero de la cabina en la que se encuentra atrapado el joven artista comienzan a introducir un paracaídas, con la idea de que su amigo rompa el cristal de la cabina y salte del avión antes de que sea demasiado tarde. Por desgracia la tela se rasga, haciéndolo inservible. Un tercer motor estalla. La tripulación suplica a su capitán por una segunda oportunidad. Pero no hay tiempo y el capitán lo sabe. Se lee en su mirada. Quiere a Jonathan más que a ninguno de sus hombres, pero no puede salvarlo, no puede sacrificar la vida de todos cuando ya no hay esperanza.

Con la voz de un cura leyendo un pasaje de la Biblia al condenado artillero como contrapunto surreal, el tercer acto del capítulo es una desesperada carrera contrarreloj. En la pista de aterrizaje espera su mujer, embarazada, a punto de ver cómo su marido va a ser aplastado contra el asfalto por más de treinta toneladas de peso. En el interior del avión, su mejor amigo, Static (un Kiefer Sutherland también debutante), ha tomado una decisión tras estar a punto de golpear a un compañero por proponerla. El sufrimiento de morir retorcido entre los hierros de una cabina puede ser atroz. Una bala en el cerebro es un acto de misericordia. En la cabina de pilotaje, Kevin Costner se muerde los labios, pensando y pensando pero sin encontrar la salida. Tres planos narrativos se suceden mediante un montaje en paralelo:

En primer lugar, nos encontramos con el interior de la cabina, donde Jonathan, que durante todo el capítulo ha dado muestras de sus excepcional habilidad como dibujante (de hecho, desea ser un artista de la Disney e informa a la tripulación de que conoce lo que le espera con un dibujo conmovedor: un avión del que emergen, bajo su casco, unos pies que detienen con la suela, dejando tras de sí una estela incendiada, el aparato sobre la pista de aterrizaje), rasguea frenéticamente una cuartilla, dibujando el avión en el que se encuentra.

En segundo lugar, la cámara se arrastra con Static por el fuselaje, que se acerca, pistola en mano, hacia donde yace su amigo, muerto más allá de cualquier posible salvación.

Por último, en la cabina de pilotaje, el capitán y su copiloto inician las maniobras de descenso.

El milagro sucederá y tras el acontecimiento (que no revelaremos aquí pero del que anticipamos, como apoyo a la argumentación, el estar íntimamente ligado al último dibujo de Jonathan, es decir, a su imaginación) toda la tripulación contemplará lo imposible con el rostro fascinado, una sucesión de ojos desorbitados, labios colgantes y, en el caso del capitán, una tenue sonrisa infantil.

La imaginación como deseo, el deseo como realidad, la realidad como milagro. Steven Spielberg gritando en fotogramas: "¡Creed, y seréis libres!"

Y además...

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