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La niebla de Frank Darabont, nueva obra maestra

el  Domingo, 09 March 2008 01:00 Por 
Análisis de la última película de Frank Darabont, "La niebla", film que alcanza la excelencia de "La mill verde" o "Cadena Perpetua" en un campo radicálmente distinto.

Y así es como se hace. Stephen King, mejor dicho, sus historias son un yacimiento, un pozo de petróleo casi infinito; sólo hay que saber cómo llegar a él. Y Frank Darabont lo sabe. Créanme, lo sabe muy bien.

Lo cual no debería sorprendernos. Si repasamos la breve pero intensa carrera de este realizador dos conclusiones saltan a la vista. Primera conclusión, es un genio. “Cadena Perpetua” y “La milla verde” son, por méritos propios, dos de las mejores películas de los noventa; tanto en la valoración del público como en las opiniones vertidas por la prensa especializada. De hecho, si uno observa el ranking de la base de datos más extensa de la red en cuanto a películas se refiere, la archiconocida www.imdb.com, descubrirá que “Cadena Perpetua” ocupa el segundo lugar de toda la historia en las votaciones realizadas por los usuarios de dicha página que, y esto merece ser tenido en cuenta, se encuentran esparcidos por todo el globo. No está mal para un director que sólo cuenta con cuatro películas en su haber. Y además las escribe.

La segunda conclusión es que King es algo más que su referente o su mentor; es su musa, es su fuente de inspiración constante, es el manantial de sabiduría al que acudir para reflejar sus extraordinarias historias en cine de altos vuelos. “La milla verde y “Cadena Perpetua” fueron dos magníficos ejemplos de cómo convertir al King intimista en material de primer orden para adaptar al celuloide Y sí, lo ha vuelto a hacer con “La niebla”.

En esta ocasión Darabont camina, aparentemente, por territorio desconocido. A pesar de que en las historias de King que el director ha adaptado anteriormente existen trazos oscuros, miradas frontales a las simas de la condición humana —rasgo este común a cualquier narración del mago de Castle Rock—, “La milla verde” y “Cadena Perpetua” eran, en lo esencial, películas vitalistas; cantos a la vida, a la tolerancia y a la libertad. “La niebla” es el reverso oscuro de esas historias; es lo que ocurre cuando dichos valores son comprimidos y asfixiados; es lo que ocurre cuando el hombre es acorralado como una bestia rabiosa; es la pregunta de King al interior de nuestra esencia, al qué haríamos en dicha situación ¿Vestiríamos la lana del cordero, o los colmillos del lobo? Se pueden imaginar por qué opción se decanta el genio de Maine.

Además, “La niebla” es una historia de monstruos, de monstruos de serie B, para ser más específicos. Pesadillas tentaculares y viscosas salidas de un relato de Lovecraft; aves prehistóricas con alas membranosas de vampiros y picos afilados, listos para desgarrar; terribles arañas que disparan hilos invisibles y ácidos al contacto y que incuban sus millares de huevos en las cálidas entrañas de sus víctimas humanas, implotando la carcasa que los alberga en un horripilante desparrame de vísceras y carne... Es decir, todos los horrores que el cine clásico se ha encargado de grabar en el subconsciente colectivo.

A pesar de todos estos desafíos —su primera película de horror (aunque Darabont comenzó su carrera como guionista de films como “La mosca II” y “Cuentos en la Cripta); su primera película marcadamente pesimista; su siguiente paso después del fracaso de su colaboración con Jim Carrey en “The Majestic— , Darabont ha completado una nueva obra maestra y, y sin que sirva de precedente, una extraordinaria adaptación que supera el ya elevadísimo nivel de calidad del original.
“La niebla” articula toda su narración alrededor de un suceso, un lugar y una amenaza. El suceso, una densa niebla blanca que desciende de las montañas blancas de Maine, atraviesa las aguas cristalinas del lago Castle Rock, e inunda por completo el paisaje que se extiende a su paso. El lugar, un centro comercial en el que una comunidad humana compuesta por gente oriunda del lugar, turistas, militares y residentes ocasionales que configuran un fresco multirracial y de muy diversa condición social y nivel cultural, se ve atrapada sin posibilidad de salida que no implique sumergirse en ese universo vaporoso y blanquecino. La amenaza, lo que anida en la niebla, las criaturas irracionales —en el fondo no más sobrenaturales que una vaca o un perro, si las vacas y los perros tuvieran múltiples miembros articulados y rematados por pinzas aserradas— que pueblan ese muro albo e impenetrable. Con esos tres elementos, King en papel y Darabont en celuloide, enhebran los acontecimientos de la trama, trama que irá in crescendo hasta desatarse en una vorágine de horror en la cual nosotros, los seres humanos, somos la peor amenaza.

“La niebla” es una visión sin concesiones de adónde puede llegar el fanatismo religioso, la ceguera de valores morales que bautizamos como “espiritual”. Tanto Darabont como King no atacan la creencia religiosa en sí misma, que consideran asunto personal de cada uno, sino la intolerancia, irracionalidad y, sí, violencia que motiva su defensa a ultranza. Aquel que cree y respeta no causará daño alguno y está en su derecho de elegir su camino vital. Aquel que cree e impone es un fascista teológico, un iluminado que, por seguir a pies juntillas, o manipular el sentido de su doctrina para que se amolde a sus pretensiones, es capaz de cometer las mayores atrocidades. Eso sí, siempre en aras de la armonía universal y “LA VOZ”, esa VOZ con mayúsculas que guía por igual a los fanáticos del Talmud, a los católicos del sur del Imperio que quemaban a los negros como si fueran una plaga, o a los terroristas islámicos, que al grito de “Alá es grande” sacrifican con fervor vidas humanas inocentes. No importa el credo. Como dijo ese extraordinario personaje literario que es Melmoth, el errabundo, —obra del genial y malogrado Charles C. Maturin, padre del romanticismo y espíritu inmortal, al menos mientras sus páginas sigan existiendo, del genio humano— “El mayor regalo que la religión ha legado al hombre es matar a su hermano en virtud de un poder que no comprende”.

Hasta aquí, podríamos decir que el nivel de obra literaria y cinematográfica iba parejo; ambas plantean y resuelven con brillantez las mismas disquisiciones morales, con la salvedad de que es mayor el mérito del original por el simple hecho de que Darabont sigue el texto con encomiable fidelidad y se “limita” ha traducirlo al lenguaje de las imágenes sin merma de calidad ni en el fondo ni en las formas, empleando una cámara en mano que jamás resulta confusa o ilegible. Pero es en su extraordinario final donde Darabont consigue vencer a la gran obra que lo inspira.

Si King optaba por un final abierto, un desenlace en la órbita del extraordinario remate que Hitchcok dio a sus “Pájaros”, Darabont opta por cerrar la historia con un brutal machetazo a las expectativas del espectador que supone una declaración de intenciones contra el tópico del final moralizante al que el cine de Hollywood nos tiene acostumbrados. No hay lección moral que extraer del desenlace de “La niebla”, no. Darabont parece querer recordarnos que, como sucede cada día en nuestro mundo, la sinrazón y el horror sólo son sinrazón y horror.

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