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La Novia Cadáver

el  Miércoles, 07 April 2010 02:00 Por 
Nueva crítica para nuestro concurso mensual, esta vez firmada por Antonio Gómez-Cunningham.

Las grandes obras maestras son aquellas que te hacen pensar que no podrían haber sido de ninguna otra manera distinta a como han sido concebidas. Ante ellas, el mundo de las posibilidades se vuelve extraordinariamente estrecho, la imaginación se hace vaga y cede al dominio de los sentidos. No caben arreglos, no caben amaños ni enmiendas; las  musas no acudieron: el autor fue un títere pasivo en manos de la necesidad. Quitar aquí y poner allá, un color que sobra y otro que falta, una palabra sin lugar y otra que estalla en su frase… son futuribles obscenos que no deben ser recompuestos ni subsanados. Las grandes obras no admiten cambios, porque con ellos los rasgos geniales dan paso a los motivos correctos, que no restan, pero tampoco suman. La novia cadáver no es necesariamente una obra maestra, pero sí es como debería ser, lo cual la acerca sin duda más a las obras memorables que a las que no lo son. 

Rodada con el método de animación stop-motion (conocido por títulos tan lustrosos como Wallace & Gromit, Pesadilla antes de Navidad o la más reciente Coraline, y explotado en sus albores por artistas como Ray Harryhausen o Jan Svankmajer), La Novia Cadáver cuenta la historia de Victor Van Dort, un joven que está a punto de contraer matrimonio con Victoria, la hija de una familia aristocrática en decadencia. La boda, que es en sí un acto de conveniencia trazado por los padres de los contrayentes, terminará en desastre cuando Victor, sobrepasado por la presión, huya al bosque. Allí, de forma inopinada, llevará a cabo un ritual en virtud del cual quedará comprometido con la novia cadáver del título. A partir de entonces vivirá a caballo entre el mundo de los vivos y el de los muertos, buscando librar a su involuntaria esposa de la maldición que la ata. Por citar un curioso guiño literario, la palabra que es menester pronunciar para salir y regresar al inframundo es rayuela, coincidiendo con el título de la colosal obra literaria de Cortázar, lo que probablemente hace referencia, al igual que en ésta, al juego infantil en el que hay que ir avanzando casillas desde la primera (tierra) hasta la última (cielo). El papel de antagonista de la función recae en lord Barkys, un noble de mezquinas intenciones que utilizará todas sus artimañas para producir su enlace con la bella Victoria. 

Tim Burton se encuentra detrás de dos obras de animación que son y serán referentes de su género en la historia del celuloide: una como productor (Pesadilla antes de Navidad) y en la presente, como realizador. Ha creado un estilo, un lenguaje y una necesidad: la de ser modelo para cuantas obras quieran parecerse a ella o alejarse. En uno y otro caso con idéntica y destacada presencia. Esa es la importancia de los referentes en el arte: que suponen un punto de convergencia y atracción, pero también de divergencia y repulsión. El cuento gótico tragicómico quedará definido como lo que de él hizo Burton, con un Danny Elfman agraciado y hermanado, sirviendo partituras que bien hubieran inspirado a Goethe, Blixxen, Wilkie Collins, Yeats o Wordsworth en sus poemas y prosas oscuras, neblinosas y de madrugadas. La maquinaria funciona porque todo gira en orden, sin excesos ni indecisiones. Un certero comedimiento que se convierte en la mejor virtud de una película que brilla y deslumbra por su falsa sencillez: un cuento bien contado es siempre una proeza que sólo la ignorancia puede confundir con una sinecura. Musical pero sin cansar; oscura pero luminosa; siniestra pero simpática. Una hermosa y tierna historia de amor entre vivos y muertos, con una acertada duración (70 minutos) que hace del bocado un disfrute justo, jugoso y propenso a repetirlo. Además, el film sirve para alimentar el fructífero maridaje entre Burton y Johnny Deep, aunque esta vez el actor haya quedado transfigurado en un doble animado al que pone voz. Asimismo, el director vuelve a encontrar hueco en el casting para su pareja sentimental, Helena Bonham Carter, que, lejos de parecer la eterna enchufada del jefe, confirma ser la mejor apuesta para personajes histriónicos de aspecto desmadejado y macabro (como bien demuestra en Big Fish, Charlie y la fábrica de chocolate, Sweeney Todd o Harry Potter).

En definitiva, visionar La novia cadáver le dejará la sensación de haber asistido a una historia que aguantará el peso de los años porque no ha puesto el acento de su virtud sobre signos perecederos y recursos caducos. Sin lugar a dudas estamos ante un clásico contemporáneo y, con ello, cita ineludible para las futuras obras de su género.

Por: Antonio Gómez-Cunningham

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