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La realidad domada: Rec o cómo el terror puede hablar en español

el  Sábado, 01 December 2007 01:00 Por 
3,2,1.... ¡Rodando! Estamos aquí, en nuevo artículo de esta temporada cinematográ... Jo Paco, corta. Mierda. A ver si ahora.

Hoy analizamos la nueva película de Paco Plaza y Jaume Balagueró con una idea muy clara en lo que queremos translucir mientras sus ojos nos acompañen por las palabras aquí vertidas: El horror es un reflejo de la realidad y quién doma al horror la doma también a ella.

Esta lección ha sido asimilada, comprendida y ejecutada magistralmente por los realizadores de Rec la mejor, digámoslo ya, película de género terrorífico que ha dado nuestra cinematografía nacional desde los tiempos de Chicho Ibáñez Serrador y su obra maestra absoluta, “Quién puede matar un niño”. Rec se articula, como todo el mundo sabe como un falso documental, desde el punto de vista de una cámara periodística, sobre una imaginaria, y aterradora, epidemia desconocida que causa la resurrección de aquellos que fallecen contrayéndola, proporcionándoles, además, una fuerza desproporcionada y una agresividad inhumana e irracional. Vamos el ya más que conocido mal del zombi, una variante cinematográfica muy explotada de la rabia que pueden contraer animales y personas.

La idea original, lo que se dice original, no es. Ni en su planteamiento —recordemos una obra fundamental y fundacional en este terreno, “Holocausto Caníbal”, o la bastante posterior, y muy superior en calidad cinematográfica y grado de verismo, “El proyecto de la bruja de Blair”—, ni en el propio desarrollo de la trama —que mezcla crítica política y social (ejemplares los brotes de racismo que manifestarán algunos vecinos cuando la tensión de la experiencia los haga perder los papeles) a la manera de esa extraordinaria película, (nótese que en este análisis están repitiéndose muchas veces dicho término pero es que, hablando de lo que se habla, no se me ocurre mejor vocablo) que es “28 días después”, y su secuela “28 semanas después” (esta última dirigida también, como la película que nos ocupa, por un español que ya ha cedido a la tentación del exilio a tierras americanas, Juan Carlos Fresnadillo)— encontramos verdaderos elementos que la hagan diferente a todo cuanto hemos visto hasta ahora. Y, entonces, ¿Dónde está el truco?

La respuesta es sencilla. Ejecución. Apoyándose en una construcción cimentada sobre el plano secuencia, Plaza y Balagueró, consiguen transmitir (mediante una estudiada planificación que corta el plano según las incidencias narrativas, justificando así de una manera plausible los saltos en la grabación) la tensión inherente de la situación que atraviesan las personas implicadas en el suceso, generando una batería de imágenes para el recuerdo: el primer ataque de un infectado, filmado en el interior de un cuarto a oscuras en el que podemos observar (en los instantes previos a la aparición del no-muerto) los muebles volcados, rastros de sangre, reflejos de los reflectores del cordón policial que aguarda en el exterior del edificio destellando sobre los muebles y la superficie pulida de un espejo; la cruel escena en la que los supervivientes observan cómo el edificio es aislado por los cuerpos especiales de la policía, cubriendo las ventanas con cinta adhesiva hasta que el exterior se torna una masa difusa de formas y luces; los planos de persecución rodados desde la escalera, que nos permiten observar las evoluciones de los zombis ascendiendo los peldaños a velocidades vertiginosas...

Sí, la atmósfera conseguida es lo que convierte a “Rec” en un tour de force cinematográfico que además provoca el terror de quién lo contempla, lo cual es mucho, mucho decir en los días paupérrimos (en realidad no tanto si tenemos un poco de paciencia a la hora de analizar ciertos títulos que han ido saliendo a lo largo de estos últimos años) que vivimos en lo tocante al género terrorífico. Si se le puede poner una pega, es la sobre-explicación que racionaliza la película (aunque dicho razonamiento derive a lo fantástico) en su tercio final. Y aquí llegamos a la segunda parte del artículo, una breve reflexión sobre el significado del horror y los dos posibles caminos para provocarlo.

Hablar sobre el horror es hablar sobre lo cotidiano, sobre la deformación de lo cotidiano o por lo menos lo es en la inmensa mayoría de los casos. Si analizamos los mecanismos que articulan todas las narraciones terroríficas no es fácil deducir la pauta que las une a la práctica totalidad. La irrupción de lo ajeno en lo cotidiano (y siento repetir la palabreja pero es que no hay otra que describa mejor la idea que se quiere transmitir, así que, siguiendo las enseñanzas del maestro King, bien usada está; aunque si las siguiera de verdad muchos de estos paréntesis se irían a la quema; en fin, seguimos) es el acicate para que el horror haga acto de presencia. Tenemos múltiples ejemplos: desde “Alien”, primero nos aproximamos a la tripulación y la rutina diaria de los tripulantes del Nostromo y, poco a poco, lo terrorífico va fijando la temática de la película, hasta “The Descent” (por citar uno de esos ejemplos referenciados antes como muestras apreciables de buen cine reciente dentro de este género), en la cual casi la mitad de su metraje lo pasamos en compañía de sus protagonistas, aprehendiendo sus personalidades y encariñándonos con ellas, antes de que se desencadene la masacre, se confirma con facilidad que para asustarnos primero debemos conocer. Pero ¿Es esto siempre así?

No, existe un camino alternativo, pocas veces llevado al cine (Lynch sería su referente más básico, y tal vez el Cronemberg de sus inicios) en el que se establece una dimensión alternativa de realidad en el que el horror es un elemento indisociable de la misma. El ejemplo por excelencia es literario, H.P. Lovecraft. El tan traído y llevado “horror cósmico” del genio norteamericano, no es más que la búsqueda del horror sin recurrir a la realidad, alejándose de ella, proponiendo una alternativa que la suplante (dotada de sus propias reglas y lógica interna), que estremezca nuestro subconsciente desde la fantasía.

Este camino es, desde luego, el opuesto al seguido por “Rec”, un film destinado a acabar con prejuicios que a todos nos lastran cuando a nuestra filmografía nacional nos referimos. Propuestas de este calibre entusiasman y dan esperanza. Cómo dijo un sabio una vez: “Al final todo es cuestión de individualidades”. O dúos, en el caso de Paco y Jaume.

 

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