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Las Crónicas Mutantes

el  Martes, 09 December 2008 01:00 Por 
¿Cómo puede una película que enfrenta a Thomas Jane, Ron Perlman y John Malkovich con una horda de mutantes sedientos de sangre no ser bouquet del buen catador de pesadillas?

Simon Hunter, quien firma y acuña estas crónicas mutantes, debería ser quien contestara esa cuestión.

Como no ha querido acudir a nuestra llamada, alegando indigestión de morcillas, lo haremos en su lugar.

Una de las normas que seguiremos a pies juntillas es la de dar motivo para incluir a tal película en nuestra selecta colección. En el caso de “Las Crónicas Mutantes”, el motivo son motivos. Para nuestra desgracia, poco hay que se salve.

Comenzando por la estructuración del guión y la presentación de la historia. Intentemos buscar las palabras exactas. En el cine, como en cualquier otro arte narrativo, resulta fundamental el cómo, más incluso que el qué. El alquimista en cuestión en pegar su ojo tras el objetivo de la cámara debe de trazar en su cabeza un mapa de acontecimientos.

Maese Spielberg, monarca por estos lares, hizo precisamente eso para uno de los mejores ejemplos que tenemos de cómo exprimir un presupuesto exiguo: “Duel”. Lord Steven dibujó de su propia pluma un esbozo de la carretera que sería marco de la historia. Y, teniendo claro cuál era el marco, comenzó a discurrir, mientras el automóvil volaba por el asfalto de su imaginación, las ocurrencias que habían de sorprendernos en pantalla.

Simon Hunter y su escriba, Philip Eisner, demuestran un gran desconocimiento de esta cuestión. Y si quisiéramos disculparlos por su condición de debutantes, pensemos que el artífice del ejemplo nombrado también lo era. Y así nos sentiremos menos culpables.

La historia que nos cuentan es, para mayor fastidio, bastante aprovechable. Resulta que, centurias ha, experimentos de nigromantes inconscientes provocaron la mutación de la especie humana en una nueva raza infernal de mutantes asesinos. Ojos rubí, cráneos lampiños y, sobre todo, pérdida de los brazos por dos apéndices afilados como hojas de espada, son las minucias del cambio.

Con grandes pérdidas y tras una horrísona batalla, los humanos del pasado consiguieron encerrar a la horda en el sub-mundo tras un sello ancestral que debía ser guardado bajo cualquier circunstancia. La consabida secta de guardianes se encargaría de velar por ello por los siglos de los siglos. Pero el tiempo, como bien sabemos, es un enemigo a temer.

Año 2707. Nuestro bello planeta ya no es plano tiempo ha, y cuatro grandes corporaciones —Bahaus, Mishima, Capitol e Imperial— domeñan los últimos y devastados rescoldos de la civilización. Será durante una de sus eternas batallas por la expansión y el dominio de nuevas tierras, cuando, accidentalmente, uno de sus proyectiles destruya el sello y libere la maldición sobre la faz de la Tierra.

A oídos de este buhonero, escuchando mis propias palabras, la historia, así contada, promete emoción, aventura, horror y tragedia.

Pero, oídme bien, os suplico: así contada. A la hora de verla plasmada todo se viene a bajo. La inutilidad en la presentación de los acontecimientos es nuestro primer condenado al cadalso.

Como decíamos, el cómo se presenten las desventuras que enhebrarán la trama es asunto de capital importancia. Y en “Mutant Chronicles” hemos de asistir, so pena de perder la paciencia, a un batiburrillo deslavazado. El caso es que una historia tan sencilla, mas interesante, como la narrada en los párrafos anteriores se convierte en un caos por causas diversas.

La brevedad de sus escenas, por ejemplo, lo entrecortadas que se encuentran, no ayudan a sumergirnos en la historia.

Por ejemplo, durante la beligerancia que provocará la liberación de los mutantes, nos encontramos con una planificación inaudita a la hora de mostrar ese hecho crucial para la historia: la liberación de los mutantes.

 Mientras los personajes van y vienen por la pantalla sin mayor rumbo, un inepto montaje en paralelo nos muestra un proyectil impactando contra el sello que encierra a los mutantes; pero nos lo muestra sin habérnoslo presentado antes. Es un corte en el raccord total, si me permitís presumir de conocimiento en el asunto, es decir, es un plano que no guarda una relación de coherencia con el resto de la secuencia.

¿Y qué sucede entonces? Nos confundimos.

Nos confundimos porque la película avanza a trompicones. Independientemente de la ingenuidad de sus efectos especiales, lo que nos enerva es la gratuidad de las escenas y las motivaciones de los personajes. Ron Perlman y su cohorte de voluntarios destinados a luchar con los mutantes,  viajan cara el origen del mal sin que en ningún momento nos sintamos implicados con sus personajes, pues el cronista de su historia no invirtió su tiempo en imbuirnos de sus vivencias. Ni sabemos quiénes son, ni de dónde vienen(1), aunque sí adónde van: a matar mutantes.

Pero no nos importa demasiado.

De hecho, la catarsis de la historia, es una orgía de violencia más confusa todavía que, merced a un montaje sincopado, se hace casi indiscernible.

Así que, en suma, el viaje es agotador, un auténtico téte a téte con la dama paciencia por ver quién de los dos, tozudez o hastío, quiebra primero.


(1)    Salvo en el caso de Thomas Jane, por una inepta secuencia en la que visita a la familia de un soldado muerto por el que sentía un gran vínculo de amistad, a pesar de que, cientos de fotogramas atrás, éste le disparara intentando matarlo vaya usted a saber por qué.

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