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Outlander: A lo Knowles

el  Sábado, 29 November 2008 01:00 Por 
Crítica de una de las más felices (aunque ya sobradamente anunciada) sorpresas del año. Y, de paso, elogio a un grande de Internet.
Me van a permitir una licencia. Bueno, más bien dos. Durante el presente análisis, el usted, al dirigirme a ustedes y el impersonal, al dictar sentencias. Además, tengo (como veis desde ya considero las licencias aceptadas) la impresión de que los críticos usan el impersonal como el César la tercera persona para hablar de si mismo.

Y bueno, hay una tercera licencia. Aunque os escueza, dejadme dar rienda suelta al friki que llevo dentro. De no hacerlo, la explosión será mucho más súbita y, probablemente, cien veces más inaguantable.

Y es que al ver “Outlander” uno entiende que bien le vino al mundo que Harry Knowles y compañía revindicaran el frikismo como un modo de vida aplicable a todos los ámbitos, también al ensayo cinematográfico. Definir a “Outlander” de “magnífico film fantástico con un excelente ritmo narrativo y unas interpretaciones sólidas” es… una mierda. Sí, no un soso análisis, o un juicio crítico esperable. Es una mierda.

Lo que hay que decir es “‘Outlander’ es una puta joya que te pateará en las bolas hasta hacerte vomitar de placer orgásmico”. Poesía urbana a lo Harry Knowles, vamos.

Pues sí, “Outlander” se degusta mejor con algunos grados de más en el cuerpo. Es más, si uno es coleguilla del dueño del cine o simplemente tiene morro, el llevarse unas cervezas, unas pizzas (de carne bien grasienta; marineras no, por dios) y, a ser posible, barbas y chupas de cuero a juego, amén de las botas en la butaca de en frente, el orgasmo puede ser múltiple, orgiástico, supercalifragi…

En fin, que “Outlander” apela al orgullo friki, al pedigrí más puro de los que en clase escribían 1x1= ¡¡¡ARRGGHHH Gozilla devora un pulpo alienígena!!! En definitiva, esos niños ausentes de las miradas de las más bellas niñas (o no, que también hay frikis camuflados, sub-especie la mar de interesante) que se dedicaban a soñar con ser Luke Skywalker. E igual revolcarse con Leia antes de descubrir que ambos compartían apellido.

¿Se dan cuenta de que no estoy hablando de “Outlander” en absoluto? Bien, el motivo de ello es que esto es, en parte, una reseña a lo Harry Knowles. Y Harry Knowles lo que hace es poner cachondo al personal antes de soltar su hiperbólica perorata. Con Harry uno siempre acaba tan excitado que llega con el hierro imposiblemente candente al estreno y, más veces de las necesarias, un jarro de agua fría encoge a la mínima expresión las fálicas expectativas que generan sus palabras.

¿Le quita eso una pizca de valor a su trabajo? En absoluto. Knowles es el Homero de la guitarra eléctrica y sin él, el panorama crítico internacional sería mucho más aburrido.

Pero vamos ya a lo que Howard McCain nos ha cocinado en “Outlander” y, como yo no soy Knowles, lo cierto es que intentaré combinar un poco de las dos cosas, lo convencionalmente crítico y el frikismo más extremo ¡A ver si nos íbamos a creer que las licencias iban a ser axiomas!

“Outlander” es, probablemente, uno de los mejores films fantásticos y punto. Dicho así, no puede sonar más fuerte, más sabiendo que su argumento versa sobre un alienígena que aterriza en la Noruega vikinga acompañado de un extraño ser conocido como el Morween, nombre molón donde los haya.

Pues bien, por inverosímil que parezca, el argumento no sólo es aceptable, sino que funciona a la perfección ¿Las razones? Pues su director y co-guionista, Howard McCain. Este hombre ha conseguido algo increíble, la transmutación fílmica. Éste hombre, mientras dirige “Outlander”, no se apellida McCain ni tiene por nombre Howard. No. Este hombre es Peter Jackson.

Y es que viéndolo resulta increíble. Lo que suele pasar con los refritos o pastiches es que uno puede discernir a un novato imitando a un maestro o a un docto artesano copiando de los verdaderos artistas lo que les viene bien. Pero es que éste no es el caso. McCain ES Peter Jackson.

O al menos el Peter Jackson con la quinta marcha, la que mantiene durante el metraje de “King Kong” o “El Señor de los Anillos” casi como constante —a veces hay picos a más, cierto es, pero hasta en eso consigue McCain estar a la altura con una extraordinaria secuencia en flash-back de la que, por cortesía al que siga virgen de “Outlander, no revelaremos nada— es replicada miméticamente por este realizador.

E incluso en la definición de personajes, que, aún apoyándose en tópicos (tal y como sucedía en “El Señor de los Anillos”), los rebasa gracias a una peculiar alquimia entre la dirección de actores que consigue un convencimiento de los mismos en sus personajes absolutamente perfecto, de tal manera que las líneas de diálogo, sin ser geniales (tampoco lo son, muchas veces, en “El Señor de los Anillos") cobran un peso distinto.

Y es que, además, “Outlander” tiene un aliciente muy jugoso. El Morween, cómo no, criatura genial donde las haya. Y no es mucho lo que McCain y su equipo han hecho para convertir a este bicho en antológico; simplemente, han aplicado la regla que nunca falla: demorar su aparición. Y crear un diseño alucinante, dicho sea de paso.

Y eso que el concepto de partida es sencillo. El Morween es la típica solución barata que ya hemos visto algunas veces, un cruce entre can-cerbero y espinete que ya ha sido utilizado en películas como, por ejemplo, “El Pacto de Lobos”. Pero el Morween tiene una característica que lo hace único: la luz.

Cubierto por una piel tachonada de iridiscentes tatuajes orgánicos, el Morween toma su método predador de los peces abisales —lo cual es un poco ilógico con cierta escena, por otro lado alucinante en lo visual, del planeta oriundo de los Morweens en la que se ve a estos a plena luz del día; a lo mejor es que cazan sólo de noche y en cavernas, vaya usted a saber—: utiliza la luz para atraer la atención de su presa y luego, ¡ZAS! Zampada. Tanto se parece a este tipo de animales que hasta cuenta con unos cilios extensibles rematados por una borla luminosa con los que el tema de agarrar a distancia se domina fácilmente. Y, aún por encima, su sangre es verde fosforito. Sí, McCain sabe que nos gusta Predador.

Por lo demás, la historia es la tópica, comercial y fantásticamente efectiva narración de siempre. Chico extranjero llega a pueblo, salva al rey, se gana el respeto, la chica y la gloria eterna.

¿O tal vez no?

Pues al cine, al cine, ¡que los frikis estamos de fiesta!

Dedicado a Harry Knowles. Por mucho que digan los memos, eres un tío grande.

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