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Piratas comerciales

el  Domingo, 16 September 2007 02:00 Por 
El lado oscuro de Hollywood
Hace ya algún tiempo, en la conocida página de información cinematográfica desde el punto de vista del fan, Aintitcool.com, su fundador y responsable —Harry Knowles— entrevistaba a Francis Ford Coppola. Durante dicha entrevista el director dedicó unas palabras a definir la situación actual del cine de su país y que había cambiado en la mentalidad de los empresarios que dirigen este negocio, con respecto a la edad de oro en lo artístico (y también en lo económico, a la hora de contar con abultados presupuestos para sus proyectos) que supuso la década de los setenta para realizadores de talento como él. Sus palabras fueron las siguientes:

“La diferencia entre la actualidad y los años 70 es que los productores de Hollywood se encontraban durante aquel período en una etapa de bloqueo. No sabían cómo ganar dinero. Eso nos permitió a algunos realizadores introducirnos en su sistema y manejar grandes presupuestos, anteponiendo los objetivos artísticos a los financieros, sin que los dueños del dinero se dieran cuenta. Eso hoy ya no es posible porque han aprendido la lección. No hace falta más que contemplar la cartelera de estrenos que se nos avecina, con el 3 cómo número más repetido. Esto demuestra el poco interés en el actual Hollywood de hacer películas que se desmarquen de unas tendencias preestablecidas y que se demuestran seguras a la hora de hacer cuadrar las cuentas.”

No es una realidad ficcional, fruto del egocentrismo de un artista resentido con la industria que le cerró las puertas a sus sueños, a poco que analicemos sus palabras nos daremos cuenta de la verdad que encierran. La estrategia económica y empresarial del actual cine para amplios mercados estadounidense es simple y eficaz, bombardeo publicitario y fidelización del espectador en base a una premisa muy sencilla, hacerle creer que lo que se le ofrece, es lo que él quiere.

Por ello esta crítica no ahorrará en argumentos para intentar desvelar el instrumento financiero (y carente de todo sentido artístico) que es esqueleto, corazón y alma de esta película. Así que el análisis será doble, por un lado (y en primer lugar) abarcará esa denuncia a la codicia explícita en las palabras del realizador norteamericano sobre la situación actual de la industria del cine y luego extenderá, estableciendo lo anterior como punto de partida, el campo de estudio al significado y efectos que ocasiona este sistema sobre el futuro artístico de las historias en la gran pantalla.

Reparto y director (Análisis de los motivos económicos):

Siguiendo con el razonamiento que pretende vertebrar este análisis, no podemos sino comentar las similitudes que rigen todos estos proyectos que se alargan en el tiempo (con una periodicidad cada vez más corta en el deseo de llenar las arcas tantas veces como sea posible y con la mayor brevedad, hasta que no quede nada que exprimir de la franquicia.) Una de sus reglas básicas es establecer un reparto fijo y de uso continuo, tanto en el plano interpretativo, como técnico y artístico. Esto asegura que, caso de que la primera de las películas, que serán saga, sea un éxito, la estructura que ha triunfado no cambie y, por lo tanto, los gustos del público que compró masivamente el producto la primera vez, serán siempre satisfechos mediante la repetición de una fórmula preestablecida. Esto se consigue en base a unos contratos por dos o tres continuaciones (en esto uno no puede dejar de pensar en las similitudes entre negocios, el mundillo futbolístico por ejemplo) que ni siquiera tienen futuro asegurado.

Todo depende de los resultados económicos. Si los números son verdes habrá más y más y si son rojos todos sabemos lo que ocurre, el olvido. Pero en este juego (pase lo que pase) siempre ganan los mismos y también, siempre pagan los mismos. Nosotros, porque no hay que olvidar que, quienes permiten que este negocio funcione de la manera que está funcionando somos los espectadores que acudimos masivamente (me incluyo) ante la promesa del más grande, más alto y más fuerte. Somos los que permitimos que sigan actuando de la misma manera porque les damos la razón, así se gana mucho dinero. En el caso a analizar, Gore Verbinski, su dúo de guionistas (Terry Rossio y Ted Elliot) y su plantel de actores Keira Knigthley, Orlando Bloom, Geoffrey Rush o el verdadero “culpable” del éxito de esta saga, el genial Johnny Deep (que finalmente ha cedido al yugo de la industria y la fama que juró rechazar) configuran el equipo perenne encargado de mantener el barco a flote. Y no se puede decir que éste flote más alto o más bajo que en ocasiones anteriores, porque flota completamente igual que siempre, pero como el sueldo de cada integrante suma ceros con cada entrega, nadie quiere hundir el buque por muy ajadas y decrépitas que estén ya sus velas.

Película (Análisis de las consecuencias sobre el cine como arte):

Para empezar no cuesta admitir, por lo obvio que resulta, que el apartado técnico y diseño artístico de la tercera entrega esta saga es digno de alabar. Tanto los efectos especiales (que en el desenlace de la película ofrecen imágenes de una espectacularidad innegable, apoyándose en los hombros de los genios digitales (que conforman el segundo centro tecnológico mundial, sólo por detrás de la NASA en cuanto a desarrollo informático se refiere) de la compañía fundada y propiedad de George Lucas, ILM), como la bellísima y épica banda sonora de Hansz Zimmer, pasando por otro nuevo trabajo espectacular del director de fotografías Dariusz Wolski (responsable así mismo de las bellas imágenes de las otras dos películas de la trilogía y también de películas muy hermosas en lo visual cómo lo es la estupenda, y muy infravalorada, Dark City de Alex Proyas, gran ejemplo de cómo llevar a la pantalla el género del Ciber-punk, sin tener que abusar de efectos especiales si no fiando la efectividad de la película a su historia) y un más que perfecto diseño de producción, vestuario y maquillaje, confirman la calidad de los talentos responsables de dar vida (en lo visual) al imaginario de la película.

Pero, sinceramente, teniendo en cuenta que el presupuesto de esta última entrega asciende a 300 millones de dólares, el presupuesto más abultado de toda la historia del cine (para que nos hagamos una idea rápida de lo que significa ésta cifra, cualquier entrega de “El señor de los anillos” no superó los 90) ¿Se podía exigir menos? El que estos apartados brillen a gran altura es consecuencia del poder económico que sustenta la producción y, por ello, no pueden considerarse como un mérito notable pues son fruto del dinero. Es en análisis de la historia (escrita por Ted Elliott y Terry Rossio, autores así mismo del libreto del Cofre del hombre Muerto y orquestada de manera impersonal por el siempre gris Gore Verbinski, auténtico comodín al servicio de los caprichos de la industria, cuando el deseo es el de producir una saga de éxito en el menor tiempo posible y corriendo pocos riesgos) donde encontramos los motivos que sustentan el subtítulo de este apartado y es que, ciertamente, el triunfo de una película con un argumento como éste supone un peligro manifiesto para la supervivencia del cine como vehículo para contar historias.

Lo supone porque la pareja de guionistas no ha elaborado una historia, se ha limitado a ofrecer al público lo que creen que el público desea consumir. Han afrontado ésta tarea, además, de una forma torpe y cobarde, inflando la historia con personajes y tramas paralelas que solucionan de la manera más rápida e inconsecuente. No les ha interesado en ningún momento el establecer un vínculo emocional entre los espectadores y los personajes de la película, sólo se han aprovechado de que ese vínculo existe merced al éxito obtenido por la primera parte, porque, en realidad, han concebido las dos secuelas de “La maldición de la perla Negra” como una extenuante película de casi seis horas cargada de secuencias de acción (que se encuentran completamente desaprovechadas, pues se acumulan en su segunda parte hasta saturarla y apenas se encuentran en su tercera, sin que su ausencia sea suplida, en ningún caso, con una buena historia o un tratamiento profundo de los personajes), cambios constantes en las relaciones que sostienen los personajes (hasta el extremo de que la definición independiente de la personalidad de los mismos se desdibuja, adoptando decisiones incomprensibles para el punto de partida que se nos planteó en la primera parte) y una sobrecarga de chascarrillos infantiles (que pretenden resultar humorísticos pero que no lo consiguen) para terminar de “redondear” su propuesta.

Pero es que lo realmente importante y preocupante es que consiguen que el modelo tenga éxito y no es coto privado de esta saga el vacío argumental, no, basta echar un vistazo a la cartelera para darnos cuenta de que ésta nueva pasión por las secuelas ya no lleva asociado el interés por contar una historia, si no que el interés radica en manufacturar un producto a base de imágenes e ideas sueltas, trenzadas antes por la urgencia de que el producto se encuentre disponible con la mayor brevedad en el mercado cinematográfico que por la coherencia de alcanzar una lógica satisfactoria en la narración, confiándolo todo al éxito de una ambientación de fiabilidad comprobada. Si nos fijamos en cómo se orquestan los trailers de ésta y otras producciones (Spider-Man 3 o Shrek 3 resultan buenos ejemplos a añadir,) el bombardeo de secuencias espectaculares es incesante, acompañados por una música ajustada a la perfección con el ritmo acelerado que tienen estos avances y la inclusión de momentos románticos y humorístico, para amenizar a la platea. Esta estrategia promocional consigue ocultar, a base del ruido y la fascinación que provocan sus imágenes, la realidad de su escasa o inexistente historia. Apenas se nos cuentan detalles sobre el argumento que vayan más allá de la diferenciación de personajes (los héroes, los villanos, la chica, los personajes humorísticos, como si fuera una comedia del arte en el que cada personaje tiene adscrito un rol en el que sólo se altera su look visual,) con el objetivo de que la grandiosidad de la secuencias se graben en la retina del espectador, generando un entusiasmo que no nace de su deseo de conocer una historia, si no al contrario de el poder contemplar tal o cual escena de acción que promete ser lo nunca visto.

Por ello, mientras el espectador siga aceptando el vacío argumental y conformándose con una batería de fuegos de artificio, los productores ejecutivos estadounidenses seguirán explotando un modelo que resulta mucho más cómodo y sencillo de realizar, porque lo único de lo que tienen que preocuparse es de la inversión inicial de capital y, sobre todo, de lograr una campaña publicitaria que resulte efectiva. Así las historias quedarán desterradas de la pantalla, al no existir el interés por parte de los estudios de apostar por la originalidad y el deseo artístico, que siempre resulta más arriesgado que la manufactura industrial de rápido y olvidable consumo.

Pero hay un riesgo en su estrategia, una cara oculta en su moneda de la suerte que acabará por ver la luz. Si el bombardeo visual se mantiene e incrementa al ritmo vertiginoso que auguran la escalada de las superproducciones sufrida durante estos últimos años, la saturación acabará por insensibilizar al espectador, que contemplará el artificio con progresivo aburrimiento pues el techo en lo espectacular se habrá alcanzado y la falta de sorpresa apagará por completo el interés en seguir acudiendo a las salas para ver más de lo mismo. En ese día, desesperados, los ávidos negociantes de este mundillo acudirán a la puerta de los cuenta cuentos que hoy desprecian y, tal vez por un azar irónico, no respondan a su llamada.

Conclusión (Qué podemos hacer para cambiar las cosas)

Por todo lo comentado, la llave queda en nuestras manos. Debe ser nuestra exigencia ante la mediocridad y el encubrimiento de la falta de ideas presente en el cine de consumo norteamericano, la que provoque un cambio de actitud en la producción en cadena de argumentos trillados y ya vistos, presentados, con mezquina habilidad, en un envoltorio tan llamativo como vacío. De nosotros depende que las verdaderas historias (aquellas que ofrecía antaño la gran Disney, responsable así mismo de este despropósito basado en una atracción de su parque temático, o las aventuras de arqueólogos de látigo y sombrero, de caza recompensas espaciales y princesas en apuros, de amistad entre seres de otros mundos y de la fascinación infantil por el “saber que viene después”) regresen para encandilarnos con la belleza de sus miserias y glorias. En tu mano está lector la decisión y en el dinero de tu bolsillo.

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