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Planet Terror: pornografía visual

el  Sábado, 31 May 2008 02:00 Por 
Análisis de este film, perteneciente al díptico "Grindhouse" concebido por Robert Rodriguez y Quentin Tarantino, en el que se extrapola sus características con el fin de analizar la idiosincrasia de su realizador.

“Un buen polvo”. Así es el cine Rodríguez y uno no tiene otra manera más suave de definirlo si es que quiere ser fiel a su esencia. Un buen polvo porque, lo que recordamos de él no es la trama o las personajes, sino las orgásmicas sensaciones, los arañazos, los besos apasionados, los gemidos y el agrio sabor del filtro del consabido cigarrillo. Si uno tiene la mente abierta, Rodríguez ofrece un burdel visual capaz de dejarnos repletos de onanismo cinematográfico. Aquí lo que cuenta es la pasión. El cerebro es mejor enterrarlo muy al fondo de las palomitas, donde no moleste.

Probablemente “Planet Terror” contenga, en esencia, lo fundamental de la idiosincrasia de este realizador mexicano. Es una película salvaje, más allá de su violencia. Es salvaje en cada imagen, en cada movimiento de cámara de su sensual puesta en escena que busca siempre la imagen más impactante, las llamas reflejándose sobre unas gafas de sol, la bella y curva silueta femenina que esquiva un misil arqueando su espalda como un puente o la coreografía más salvaje de disparos y muerte, con la sangre brotando en manantiales de cada impacto y el montaje truncando el ritmo al compás de las detonaciones. Bella irrealidad, mas poética, parece ser la característica fundamental de su imaginario.

“Planet Terror”, además, le ofrece a Rodríguez la posibilidad de llevar al extremo su estilo por la naturaleza de su planteamiento. Entendida como uno de los solos de ese dueto orquestado por él y Quentin Tarantino bajo el título “Grindhouse”, “Planet Terror” trata de ser un palimpsesto de la esencia del cine de zombis y las películas exploitation(1), una reescritura de los tópicos empleados en el cine de Serie B más recalcitrante con su auto-afirmación festiva de lo cutre. En este sentido, la apuesta de Rodríguez (aún más que la de Tarantino, pues el genio de este director lo lleva siempre a elevarse sobre el material de partida hasta que este asume inigualable personalidad artística; cosa que, evidentemente ocurre con “Death Proof”) es mucho más sincera que recientes intentos de resurrección nostálgica como puede ser, por ejemplo, la última entrega de Indiana Jones.

Empleando exhaustivamente la tecnología digital, Rodríguez busca, en todo momento, que la tecnología actual le permita mantenerse lo más fiel posible a los modelos cinematográficos escogidos para esta película. La plasmación de una estética barata a través de un gasto económico enorme, la destrucción, por así decirlo, de la elegancia y perfección cinematográfica de los productos actuales mediante la misma tecnología que ha convertido el block-buster en un frío artificio digital, es, probablemente, la mayor de las ironías que contiene este proyecto.

Uno de los aspectos fundamentales de “Grindhouse” era conseguir que la imagen del film estuviera plagada de defectos. Las decoloraciones, los saltos en el raccord, las constantes “rayaduras” y las “smoking burns” que plagan la película son intencionadas, un intento de recuperar el desgaste que las grindhouse sufrían en sus proyecciones (pues las películas pasaban de mano en mano por todos los cines del país de estas características hasta que su aspecto inicial era irreconocible). Estos errores conscientes, en apariencia, sólo tendrían como excusa el homenaje. Pero no es así.

Rodríguez se las apaña para convertir estos defectos en un motivo estético perfectamente integrado con el festín visual que es la película. De hecho, lo que convierte a “Planet Terror”, en realidad al “doble-bill” que es “Grindhouse”, en un auténtico prodigio del reciclaje es el conseguir que lo que en el pasado fue motivo de escarnio se convierta en virtud. La imaginación de ambos realizadores ha permitido que los clásicos defectos del celuloide adquieran una belleza lírica de la que por sí mismos carecen, lo que nos dice y mucho de la pasión cinematográfica de sus artífices por el cine palpable, por el montaje de tijeras frente al marasmo digital en el que vivimos sumidos.

Frente a la belleza de la Lara Croft más perfectamente inocua se encuentra la exhuberancia del lascivo baile con el que nos deleita Rose McGowan en el arranque de “Planet Terror”, un regalo para los sentidos que nos recuerdan que el placer más primitivo y salvaje desarma cualquier pos-modernidad hija del silicio. El buen sexo, como el “rock n´ roll”, nunca morirá.

(1) Se conoce con este nombre a los film que proliferaron durante la década de los 70 y que eran exhibidos en unas salas específicas de este contenido conocidas como “grindhouses” (de ahí el título que engloba proyecto completo de ambos realizadores). El objetivo de dichos films era ofrecer un entretenimiento que alentara los instintos más primarios del público, películas que no buscaban la calidad artística de su producto sino ofrecer, sin que hubiera posibilidad de confusiones, exactamente lo que el público iba a buscar a bajo coste de producción. Los sub-géneros en los que se subdividían las “explotation” ya avisaban, con su adscripción, el tipo de contenidos que iban a disfrutar los espectadores: Black-explotation, Sex-explotation, Sock-explotation... son algunas de las categorías explotadas, nunca mejor dicho, por estas orgiásticas sesiones que solían ofrecer un “double-bill”, dos películas por el precio de una entrada.

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