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Rampage

el  Miércoles, 11 May 2011 02:00 Por 
Travis Bickle, siglo XXI
Es asombroso que un cineasta que ha demostrado moverse en productos de tan poca calidad como House of the Dead (2003) o Alone in the Dark (2005) de repente nos regale una obra realizada con gran madurez y sentido cinematográfico como Rampage (2009), una película difícil de digerir por lo incendiario de su mensaje y el envoltorio ultraviolento en el que se presenta. Uwe Boll ha sido galardonado con los dudosos premios Razzies en más de una ocasión, e incluso lanzó un guante a los aficionados del fantástico para que reuniesen las suficientes firmas como para retirarle del mundo del cine. Nada más lejos de la realidad, ha venido cultivando su prolífica carrera con mejor o peor fortuna.

Érase una vez una ciudadano harto de bombardeo mediático, harto de vivir dentro de un sistema que se alimenta asimismo sin otro objetivo que engordar, sin ir a ninguna parte. Un ciudadano que se disocia de su identidad como tal y decide romper el contrato social que alguien firmó por él al nacer. Sin seguir la estela de la desesperación suburbial de los asesinos de Columbine y otros jóvenes similares que empuñan un arma para saldar cuentas con un mundo cercano que les margina, y no les deja desarrollarse como personas, como retrató Gus Van Sant en Elephant (2002), o la ira moralmente correcta y reaccionaria de Un día de Furia (Falling down, 1996). El protagonista de Rampage asume el papel de limpiador de la sociedad, similar al Travis Bickle de Taxi Driver (1976), incluyendo un guiño que recrea la famosa escena del espejo. Sin embargo en este caso el personaje lleva la nausea a la matanza indiscriminada y ultraviolenta, ametrallando de forma sistemática a todos lo que se encuentra por la calle y entrando a sangre y fuego en hamburgueserías y comisarías. La acción cámara en mano ayuda a reforzar el ritmo de una producción que es más barata de lo que aparenta, pero que resulta muy efectiva.

Dentro de la vorágine asesina que se desarrolla en el segundo acto hay escenas dignas de atención y que esclarecen actitudes sociales contemporáneas: el atraco al banco y la quema del dinero, la masacre frustrada en el bingo, y el exceso sanguinolento en la peluquería. Con un final que podría haber sido más comprometido, este Travis Bickle de la generación del paintball y la playstation, como buen prohombre nietzscheano se escaquea de los actos que ha cometido y se fuga con una buena suma para proseguir con la campaña de limpieza de la sociedad y conseguir un mundo mejor. Sin cortapisas morales, deja su mensaje en Internet y promete volver. Bill Williamson (Brendan Fletcher) se lanza a las calles para dejar un mundo mejor en el que sólo merecen vivir aquellos que, como él, han decidido pasar de la actitud pasiva a la acción, aunque en realidad lo que el personaje está buscando es recuperar aquella libertad individual que el sistema le ha arrebatado, sometiéndole a un salvaje condicionamiento a base de un continuo machaqueo de los mass-media y actitudes sociales vacías de contenido. Si tuviéramos suficiente empatía durante el visionado de la cinta creeríamos que el personaje está viviendo en una distopía -impactantes las escenas en las que pasa el tiempo en su cuarto siendo bombardeando por los noticiarios- cuando en realidad lo que hace es combatir al monstruo que entre todos hemos creado y seguimos alimentando: nuestro propio mundo.

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