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Ultravioleta: ¿Placer culpable?

el  Domingo, 13 July 2008 02:00 Por 
¿Hay arte y ARTE? ¿Películas y PELÍCULAS? ¿Cine de listos, tontos, medio tontos y avispadillos? ¿Existe el veto de opinión, el yo sé más que tú porque me da la gana y porque me avalan mis 12000 DVD´s en caja metálica? ¿Es, en definitiva, Ultravioleta una m...?

“Me llamo Violeta. Vivo en un mundo que, probablemente, no podáis comprender.”

Asumámoslo, pues.

“Ultravioleta” es un placer culpable, una de esas películas en las que el espectador es consciente de que está asistiendo a un bodrio y, sin embargo, asumidas una serie de taras, puede ser tremendamente disfrutable.

El caso es que en la sociedad de la información, tan masificada que el pontificar de cara a un público ya planetario está al alcance de cualquier internauta (sirva este artículo como ejemplo práctico número un millardo), tendemos al clasismo y a la cuadratura de opinión. Todo el mundo desea criticar y, por desgracia, muchas opiniones parecen venderse prefabricadas. Una de ellas es, por ejemplo, que “Ultravioleta”, dicho lisa y llanamente, es.... una mierda.

¿Pero lo es? Pues, como tantas cosas en esta vida, depende.

Lo primero que deberíamos preguntarnos es cual es nuestra condición como espectadores y nuestra flexibilidad intelectual. ¿Somos cinéfilos de gafapasta y cine iraní, somos frikis del vampirismo y la necrofilia, somos tecnócratas que no aceptamos la reencarnación y sí la clonación masificada? ¿Qué esperamos del producto si es que esperamos algo? ¿Pensamos la nota que le pondremos en filmaffinity mientras avanza la función? ¿Tecleamos en el aire nuestros vitriólicos párrafos que pondrán a parir a la pobre víctima de nuestro entretenimiento malgastado?

La actitud a la hora de disfrutar del arte es un asunto más que íntimo. Nadie puede decirnos, si quisiéramos llegar al límite del debate, que “Brácula” de Chiquito de la calzada es peor película que “Drácula de Bram Stoker” made in Francis Ford Coppola. Podríamos argumentar criterios estéticos, históricos y demás entelequias intelectuales para intentar defender una opinión como verdad inmutable. Pero lo bonito del disfrute artístico es que escapa por completo a una actitud tal. El arte se define por los ojos que lo observan. Y no es un slogan pegadizo, es lo intrínseco de su naturaleza.

Enunciada esta reflexión, en los párrafos siguientes no se intentará defender, desde luego, que “Ultravioleta” es una incomprendida obra maestra del género, sólo apta para los iluminados a quienes se les ha revelado su verdadera esencia. Ni siquiera se aspirará a catalogarla como buen cine, porque sería absurdo. Una película tan plagada de errores en su ritmo, en su esqueleto narrativo, en su unidad dramática y en el bosquejo de personajes no merece, probablemente, el calificativo de mediocre. El film, entendido como unidad, es más bien lamentable. Y, sin embargo, sí se puede disfrutar.

“Ultravioleta” es una obra orgásmica en lo visual y una demostración de que, estemos a uno u otro lado del ring en la defensa de los métodos tradicionales versus las modernas técnicas digitales, conviene tener la mente abierta.

El tratamiento cromático que permite la era digital encuentra uno de sus máximos exponentes en este film. Los contrastes constantes entre los colores vivos explotan en escenas de surreal belleza que son, por desgracia, estropeadas por el montaje fugaz y sesgado que lastra la propuesta. Encuadres bellísimos que convierten cada combate en un auténtico ballet kistch de estética post-moderna se malogran por la excesiva premura de los planos, instantes que sobrecogen pero que apenas se perciben.

Pero, a pesar de tener la puesta en escena en nuestra contra (por motivos que explicaremos al final del presente artículo), la imaginería sigue siendo excitante.

Uno de los elementos mejor explotados en “Ultravioleta” es el dinamismo de la estética en todos sus aspectos. La abigarrada y barroca arquitectura de edificios imposibles, los trajes que cambian de textura y aspecto a gusto del portador, las armas dimensionales que son invocadas y transformadas sin ningún sujeción a las leyes de la física (¡para qué!), son elementos que, conjugados, configuran un producto que consigue trasvasar a la perfección la estética del cómic al celuloide sin inspirarse en concreto en ninguna obra del noveno arte.

Podemos aventurar que “Ultravioleta” es una de las precursoras de ese cine líquido que ha sido ya consolidado gracias a dos arriesgadas propuestas de éxito dispar: “Sin City” y “Speed Racer”. Este tríptico ha conseguido ampliar los horizontes cinematográficos hasta diluir por completo lo que entendemos por película de carne y hueso. Los retoques por el ordenador ya no son ornamento o prótesis para una escena en concreto; son la paleta de colores del artista que permite dar vida al más bizarro de los sueños.

¿Pero, es eso suficiente para nosotros, espectadores? Ésa es la cuestión esencial.

Según el sabio consejo de Ted, el anciano mentor de ese extraordinario viaje a los 60 que es “Corazones en la Atlántida” (una de las obras magnas más recientes del genio de Maine), el que quiera disfrutar del arte en todo su espectro debe de ser un marco sin puerta, abierto siempre a nuevas experiencias sin prejuzgarlas en base a unos conocimientos adquiridos que establezcan entre nosotros y el posible descubrimiento unas barreras insoslayables.

Afrontando con ese espíritu juguetón y libre el visionado de “Ultravioleta”, uno puede olvidarse de sus constantes saltos de raccord, de la incoherencia total de su desarrollo, de lo penoso de sus interpretaciones y del nefasto uso de la banda sonora y el montaje, que se aúnan para convertir al film en un inacabable videoclip, para dejarse llevar por el simple pero poderoso atractivo que destilan sus imágenes.

¿Suficiente? A eso cada uno que responda sus cadaunadas.

Como posdata, un capote a su director, Kurt Wimmer, a quien debemos una pequeña obra maestra de la ciencia ficción moderna titulada “Equilibrium” de la que hablaremos en otra ocasión. Al parecer, por desavenencias con su productor, Wimmer fue despedido antes de poder completar el film. La película que ha llegado a nuestras salas y reproductores domésticos no es más que el montaje incompetente de un metraje falto de la consistencia necesaria.

¿Sería una obra maestra de haberse ajustado perfectamente a su visión? A buen seguro no, pero es justo mencionarlo.

Y sobre Jovovich poco hay que decir. Sigue tan exuberante y sensual como siempre y tan petarda, en lo que actuar se refiere, como nos tiene acostumbrados. A tono con la película, vaya. Un bonito y efímero bombón con poca sustancia pero que se disfruta mientras su sabor perdura en la lengua.

Y además...

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