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Underworld 1 & 2: Ajos, plata, colmillos y luna llena. Modernidad y Clasicismo

el  Martes, 20 May 2008 02:00 Por 
Análisis de las dos primeras entregas dirigidas por Len Wiseman y reflexión sobre la evolución genérica que ha sufrido el cine de acción en las últimas dos décadas.

Aprovechando su tercera parte ya asoma por el horizonte y que en dicha secuela los dos pilares que cimentaron el nacimiento de la saga y su primera continuación (a saber, Len Wiseman, su director y Kate Beckinsale, su musa) han emigrado a otros pastos, sirva este artículo para rememorar las virtudes y defectos de “Underworld” y “Underworld: Evolution”, dos películas imperfectas pero que conjugan una propuesta sumamente estimulante, capaz de honrar el recuerdo de los clásicos del género renovando sus formas a los modos y maneras del nuevo cine espectáculo.

Depare lo que nos depare Danny McBride en la futura “Underworld: Rise of Lycans”, precuela que asentará los orígenes de esta milenaria lucha entre licántropos y vampiros, está claro que, en manos de Len Wiseman, “Underworld” ha sido una franquicia consciente de la manipulación a la que estaba sometiendo a dos iconos terroríficos del subconsciente colectivo. Y, lejos de obviar las virtudes de sus antepasados cinematográficos en el trato a dichas criaturas, Wiseman ha cimentado el éxito y relativo prestigio de estas películas en el respeto a su legado, legado que el decide moldear y mezclar con las fuentes más eclécticas, obteniendo una mixtura que, a pesar de la heterogeneidad de sus ingredientes, no deja de poseer una fuerte y marcada personalidad.

A continuación analizaremos los tres aspectos fundamentales, en lo estético y en lo argumental, de estos films y a qué períodos de la historia del cine hacen referencia, pues la visión de Underworld sobre el género es multitemporal, apunta al pasado, al presente y al futuro.

1. Voces del ayer: Del blanco y negro al rojo y azul.

Rojo y azul. La noche y la sangre. Lo primero que sorprende en la propuesta de Wiseman es su propuesta estética en el plano de la fotografía. Independientemente de quién ostente el cetro en este apartado —Tony Pierce-Roberts y Simon Duggan se alternaron el puesto, respectivamente, en sendos capítulos—, ambos films lucen una paleta cromática limitada casi exclusivamente a dos colores: el azul y el rojo. Esto responde a dos motivos.

El primero, es una decisión simplemente estética, que refuerza la atmósfera de la película y se complementa con la ambientación. El mundo de Underworld, dado la imposibilidad de los vampiros de vivir bajo la luz del astro rey, es un mundo nocturno y frío, gélido, sin matices. Wiseman, porque es una decisión claramente atribuible al director, ya que el cambio en la dirección de fotografía no alteró lo más mínimo este aspecto, decide sumergir a sus personajes en una luz fría y azulada, de tal manera que el elemento fundamental que liga a las dos razas, la sangre, —pues ambas son semillas nacidas de un mismo árbol, el primer inmortal, Alexander Corvinus, que engendró a dos retoños, Marcus y William, futuros responsables de la separación y el enfrentamiento de ambas razas— adquiere una poderosa presencia dramática cuando brota con los cuerpos, pues su contraste con el manto azulado que envuelve los fotogramas resalta aún más la importancia de su presencia. La sangre es el nexo, conductora de recuerdos y néctar que alimenta ambos bandos.

Pero existe otra razón para construir la película con solo dos pigmentos. Esa es razón es la herencia con el pasado. “Underworld” y “Underworld: Evolution” deben sus orígenes a la presencia de lo monstruoso en los comienzos del cine, presencia de la que los clásicos de la Universal, en blanco y negro, son el referente por antonomasia.

Wiseman, de forma inconsciente o no, aunque uno sospecha que sí es perfectamente consciente de lo que está haciendo, filma sus modernas películas de vampiros y hombres lobos como una suerte de homenaje al pasado, ya que el encuentro y colisión entre dos de los clásicos del cine de horror merece una mirada de admiración y respeto a las raíces que sustentan la modernidad.

Y no se limita al aspecto visual. Algunos momentos de la banda sonora, planos clásicos como el de las alas del vampiro envolviendo su cuerpo como el capullo de una rosa monstruosa, o la utilización del clásico maquillaje combinado con los efectos digitales en las mutaciones más alambicadas de sus criaturas, dan fe de que Wiseman y “Underworld” se sienten como engranajes de un cine que evoluciona, pero que no deja de arrastrar esa herencia del pasado, herencia que debe entenderse como dávida y no como lacra.

2. El combate: Los años 90 y Matrix y el tiempo-bala. Coreografías de ballet a ritmo de rock and roll

La esencia de todo cine de acción es, precisamente, la acción, la plasmación visual de unas secuencias cuya puesta en escena resulta muy compleja, tanto el aspecto técnico como en el artístico, para obtener un resultado que, en muchos casos, no pasa de ser un instante fugaz en la percepción del espectador, un fogonazo de adrenalina tan impactante como breve.

Esta búsqueda del impacto fulgurante, es el sello del cine de acción del nuevo siglo. “Transformers”, “Misión Imposible 3” o la trilogía del agente Jason Bourne, son ejemplos de cine que fía toda su espectacularidad a la premura en el montaje y una planificación de las escenas cuyo objetivo es aparentar que el hecho cinematográfico sucede mientras lo estamos observando. De ahí que el empleo de la cámara en mano, que otorga una inestabilidad propia del documental a los encuadres, se halla impuesto como sello de fábrica en estas modernas producciones.

Pero hay cineastas que han decidido caminar en dirección contraria. Los cineastas Andy y Larry Wachowski, responsables de la trilogía ciber-punk “The Matrix”, llevaron al cine al siglo XXI a través de una evolución tecnológica del estilo que se había impuesto durante los años 90, muy influenciado por el cine de acción Hongkonés y, en concreto, por la figura de un cineasta, John Woo.

¿Las señas de este estilo? Fundamentalmente, la poetización de la dramaturgia de la violencia en base a un recurso técnico que otorga esa sensación de ingravidez y belleza plástica, la cámara lenta. Hija bastarda del video-clip y de la ópera, este estilo cinematográfico se impondría durante una década y alcanzaría el culmen de su sofisticación en la ya citada trilogía de los Wachowski gracias a un recurso revolucionario inventado por Michel Gondry (realizador de “Olvídate de mí” o la reciente “Be Kind-Rewind”), el tiempo-bala. Dicho recurso permite la congelación de la imagen, es decir, el paradigma de ese estilo que busca como motivo visual e icono de belleza la suspensión del tiempo.

Este repaso histórico de la evolución estilística del género es necesario para entender los por qué de las decisiones estéticas adoptadas por Wiseman a la hora de abordar las secuencias de combate. Siendo fiel al eclecticismo que impera en su propuesta, Wiseman elige fundir los dos recursos, la fugacidad en el montaje y los brotes de lirismo pausado que quiebran el ritmo en instantes de belleza contemplativa.

Así tenemos ejemplos de lo primero, el ritmo acelerado, en escenas como la persecución por carretera de “Underworld Evolution”, en la que un Marcus mutante persigue, gracias a sus alas, la frenética huída de los protagonistas a bordo de una camioneta, y de lo segundo; por citar un instante, la caída ralentizada de Selene (Kate Beckinsale) en el desenlace de la primera parte, tras haber acuchillado a su mentor, Viktor. Wiseman filma su aterrizaje en el agua como si se tratara de un estudiada coreografía de danza, con las salpicaduras emergiendo del inundado pavimento como abanicos abstractos y resplandecientes.

3 Narrativa televisiva: Influencia del modelo serializado

Para completar el cruce de influencias que convergen en el díptico de Wiseman, es necesario reflexionar sobre la estructura de su guión, de inspiración claramente televisiva.

Los rasgos que definen a toda narrativa episódica suelen tener como puntos en común la dosificación de información en el pasado de los personajes, el constante añadido de nuevos roles secundarios que renueven y completen el reparto principal y una suerte de estructura cristalina, que se extiende y va abriendo nuevos caminos a medida que cierra sendas sugeridas en capítulos anteriores, el famoso recurso del guionista televisivo conocido como “final abierto”. La estructura del guión de “Underworld” y “Underworld Evolution” responde totalmente a esas tres características.

Si en la primera parte es el pasado de Selene el que centra la acción, en su secuela, ya aterrizamos en el film con un flashback que nos lleva seis siglos atrás de la acción transcurrida en el primer film (¿capítulo?) de la saga, completando y ampliando la información que se nos ofrecía para encauzar la nueva línea argumental, que ata los cabos sueltos y desarrolla nuevas vertientes. Pero estas no quedan completadas en el desenlace del film. La historia continúa abierta, tanto en el futuro como en el pasado.

4. Conclusiones

De los apartados anteriores se puede extrapolar una conclusión clara con respecto al panorama cinematográfico actual en cuanto a las películas de género se refiere. El cine es, cada vez más, una amalgama de influencias del origen más diverso, una suma de pasado, presente y futuro que tiene en la continua reinvención y mutación de los argumentos trillados y los lugares comunes su maná predilecto y, aunque algunas ramas acusan el agotamiento al emplear fórmulas demasiado romas por el desgaste y manoseo del tiempo, otras, como “Underworld” y “Underworld Evolution”, consiguen encontrar su propia identidad dentro de la vorágine amorfa e indefinida que impera en nuestras salas. Y eso ya es mérito suficiente para ser tenidas en cuenta.

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