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Y otra vuelta de tuerca, y otra, y otra...: Análisis de 1408

el  Sábado, 15 December 2007 01:00 Por 
Muy bien, ahora ya lo comprendo todo. No, espera, ¡¿Joder está muerto?! A no, vale, no está muerto sigue en la puñetera habitación. Pero, espera ¡Ahora despierta! ¡Oh Dios el ala delta del principio! ¿Ha sido todo un sueño? Y ahí está su mujer... Pero espera, ¡Vuelve a estar en el hotel!....

Y así una y otra y otra y otra vez. “1408”, enésima adaptación basada en la obra de Stephen King, —en este caso en un pequeño relato incluido en la antología “Sangre y humo”, lanzada como un audio-libro en 1999—, sufre de un mal endémico en muchas películas de suspense que han poblado las carteleras desde principios de los noventa: No saber concluir a tiempo la historia. Un problema de vagancia por parte de los guionistas que bien podría denominarse el “efecto K. Dick” por la conocida tendencia del, por lo demás, estupendo autor de ciencia ficción, a destrozar sus finales con sucesivos giros de la historia y trampas argumentales que modifican el sentido de lo narrado hasta que ese sentido se pierde. El caso más sangrante en el caso de K. Dick lo encontramos en “Ubik”, novela que, en sus últimas páginas, parece no querer terminarse y que acaba convirtiéndose en un absurdo.

“1408” nos cuenta las cuitas de Michael Eslin, escritor de Best-Sellers de segunda fila que se dedica a investigar los lugares con más supuesta presencia de lo sobrenatural del territorio norteamericano. Pero Michael Eslin no es feliz con su trabajo, se siente hipócrita en la piel de un artesano que se enriquece escribiendo sobre aquello en lo que no cree. Además, el fantasma del recuerdo de Kathy, su fallecida hija, no ayuda a que la vida de Eslin despegue, quedándole tan sólo el sarcasmo como último refugio ante la depresión.

Pero todo cambia con una misteriosa postal que lo lleva a investigar los sucesos acaecidos en una habitación del Hotel Dolphin en Nueva York. La 1408.

Apoyado en el siempre eficiente John Cusack —actor que ya nos ha regalado memorables interpretaciones (“Los timadores” y “Alta Fidelidad”, ambas bajo la batuta de Stephen Frears, son dos buenos ejemplos) y a quien sería un placer ver más a menudo— que sostiene el peso de la película sin mayores problemas, a pesar de encontrarse sólo frente a la cámara durante la mayoría de su metraje, el film arranca bien, con solvencia. La primera escena de la película, tras los títulos de crédito, transcurre en una atmósfera que, sin ser inquietante, si logra captar la atención del espectador. Sin que sepamos aún nada sobre él, Eslin sube las escaleras del porche de un pequeño motel de carretera, calado hasta los huesos por la fuerte lluvia nocturna. La conversación entre Eslin y la pareja propietaria del establecimiento (en el que se supone que una madre ahorcó a sus hijos) está narrada con agilidad y fluidez (aunque los cambios en el plano y contraplano están, sorprendentemente, algo desajustados en el tiempo, pasando con demasiada celeridad del primer plano de Eslin al primer plano de la pareja de hosteleros) y sirve de excelente presentación para introducirnos al personaje de Michael Eslin: cínico, amable pero frío y desengañado de la vida, dispuesto a vivir, con estoicismo, en el presente.

Hasta la llegada al hotel y su misterioso cuarto encantado, todo transcurre estupendamente, con el tempo adecuado (pausado sin resultar en ningún momento cargante, dejando que la trama respire), una puesta en escena transparente —Michael Håfström, realizador sueco que ya se había estrenado en tierras hollywoodienses con “Sin control” (thriller protagonizado por Clive Owen y Jennifer Anniston que pasó desapercibido durante el año 2005 en el que conoció estreno) , no se complica para nada la vida, cumpliendo, sin aspavientos con su papel— y una carismática interpretación de Cushack que ya hemos comentado (conviene recordar, para que nadie se llame a engaño, que la presencia de Samuel L. Jackson es meramente testimonial, apenas sí aparece en el film). Pero ay, todo se torcerá a partir de que la película define su nudo.

El problema de plantear el terror psicológico, sugerido, es que obliga a trabajar muy bien con la atmósfera, con el tempo de las secuencias. Obliga a plantear la duda en el espectador acerca de la naturaleza sobrenatural de lo observado, a que se cuestione si realmente los acontecimientos suceden como se muestran o todo está distorsionado por la psicología del protagonista. Nada de lo anterior se ha llevado a cabo en 1408 y si a esto le sumamos la irritante tendencia del film a tomar por idiota al espectador, confundiéndolo sin tacto con continuas idas y venidas del argumento hasta que todo se torna en un batiburrillo absurdo, tenemos como resultado un naufragio. Ni más ni menos.

Y la culpa de lo primero (el exceso de triquiñuelas en la resolución del film es, obviamente, responsabilidad de su equipo de guionistas, nada menos que tres), de lo mal enfocada que está su puesta en escena es toda, toda, de su realizador. El problema es que Håfström, en su vagancia, plantea la segunda parte de la película siguiendo los mecanismos convencionales del cine de horror actual, sin tener en cuenta que la historia de su película no camina por los mismos derroteros que otros films de consumo más orientados al público adolescente. Golpes de efecto ejecutados a destiempo, sustos enlatados con efectos de sonido que avisan de la presencia de lo maléfico, y una cámara bamboleante que mas parece borracha por su falta de propósito arruinan un film que merecía mejor suerte.

Una auténtica lástima que el genio de Maine no haya recibido una mejor adaptación de su historia. Pero bueno, aún nos queda Frank Darabont y su “Niebla” para resarcirnos.

 

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