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Ex_Machina (I)

el  Domingo, 01 March 2015 11:11 Por 

El moderno prometeo es una mujer

Novelista, guionista y ahora, director de cine. Así de polifacético es Alex Garland, autor cuyo nombre empezó a sonarnos el día que Danny Boyle llevó al cine su primera novela: The Beach (aka La playa). Precisamente junto a su compatriota empezó Garland a hacer sus pinitos en el cine, escribiendo primero el guión para 28 días después (estupenda secuela de la notable “28 días después”) y, posteriormente, el de Sunshine (una odisea espacial que podría haber sido mucho mejor de no ser por su lastimoso tercer acto). Entre medias de esas dos películas, Garland llegó a involucrarse en otro importante proyecto que, sin embargo, no llegó a materializarse nunca. Estoy hablando de la adaptación a la gran pantalla del videojuego Halo, para la que Garland escribió un primer borrador cuando ésta iba a ser producida por Peter Jackson y dirigida por un, por aquél entonces, debutante Neill Blomkamp.

Sin abandonar el que parece ser su género predilecto, Garland prosiguió sus andanzas como guionista de Hollywood escribiendo los libretos de Nunca me abandones y Dredd, el reboot/readaptación del popular (y violento) cómic creado por John Wagner y Carlos Ezquerra.
Después de escribir para otros, Garland ha decidido probar suerte en la dirección marcándose un Juan Palomo, esto es, rodando un guión propio. Y según venían contándonos desde el otro lado del charco, su estreno como cineasta parecía haberse saldado con buena nota. Y, a título personal, así lo corroboro.

El joven Caleb (Domhnall Gleeson) acude a una aislada mansión propiedad de un multimillonario programador con el fin de someterse a un extraño experimento: poner a prueba una inteligencia artificial instalada dentro de un robot con aspecto humano. O para ser más exactos, con el aspecto de una atractiva mujer. Pronto, el experimento se convertirá en una tensa batalla psicológica entre los dos hombres y el robot, poniendo nuevamente de relieve las vicisitudes entre el hombre y la máquina.

Ex Machina nos acerca de nuevo a la recurrente -dentro del género- temática de la inteligencia artificial. Y lo hace con una historia cuya mayor baza y principal sustento son las interacciones entre sus tres personajes principales (cuatro si contamos a Kyoko, una silenciosa asistente a la postre convertida en juguete sexual por su amo): Nathan (Oscar Isaac), el opulento y ególatra fundador de Blue Book, una empresa de tecnología punta; Caleb (Gleeson), un joven e ingenuo empleado de la misma elegido para sus propósitos; y Ava (Alicia Vikander), un robot humanoide con aspecto de mujer.

Los tres forman un triángulo viciado y corroído por los intereses propios y egoístas de cada uno de ellos, algo a lo que contribuye el frío y voyerista entorno en el que se desarrollan los acontecimientos: una lujosa mansión aislada a cientos de kilómetros de cualquier atisbo de civilización y convertida en un laboratorio con punteras medidas de seguridad. Para nada una acogedora morada en la que residir durante una semana. Y es que ese el tiempo que debe permanecer Caleb en dicho lugar. 

En un primer momento, el joven desconoce cuál es el propósito de su presencia allí, pero pronto Nathan le descubre el objeto del experimento que juntos han de llevar a cabo. Y este no es otro que realizar el Test de Turing a Ava, la última y adelantada creación de este adinerado genio de la informática. ¿Y qué es el Test de Turing? Pues una prueba propuesta por el matemático Alan Turing para demostrar la existencia de inteligencia en una máquina. Test en el que se inspiró Philip K. Dick para su ficticio test Voight-Kampff en “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas” y al que pudimos ver sometido el replicante encarnado por Brion James al comienzo de “Blade Runner”.

En este caso, Nathan desea establecer los límites de su creación; conocer, a través de la experiencia y observaciones de Caleb, cuán real y humana puede llegar a ser o aparentar Ava. Para ello, se observan y estudian las reacciones y las respuestas del robot a las distintas cuestiones que Caleb le plantea durante sus sesiones/charlas. Pero poco a poco Caleb se sorprenderá a sí mismo albergando sentimientos hacia su “objeto de estudio”; sentimientos que van más allá, probablemente, de la mera empatía. Al mismo tiempo, el ambiente se irá enrareciendo entre Caleb y Nathan, convirtiendo su inicialmente amigable convivencia en una tensa y desafiante relación jefe-empleado. 

Instigado por Ava, Caleb empezará a sentirse incómodo con Nathan, albergando sospechas acerca de sus verdaderas intenciones para con él y el experimento. Recelos que le llevarán incluso a dudar de sí mismo (en uno de esos momentos cumbre de la película en el que Garland juguetea con una idea que a más de uno le habrá asaltado a la mente durante buen aparte del metraje). Una desconfianza que devendrá en algo mutuo entre los dos hombres y que irá creciendo con el paso de los días hasta alcanzar terribles consecuencias.

Ex Machina se erige así en un sórdido thriller psicológico acerca de la condición humana, haciendo especial énfasis en los miedos e inseguridades que provoca en nosotros la tecnología. ¿Pueden las máquinas llegar a comportarse como humanos? Si es así, ¿podríamos convivir con ellas o se convertirían en la especie dominante? ¿Qué nos depara el futuro si la ciencia sigue avanzando y logramos crear inteligencia artificial a ese nivel? Por ahora sólo podemos elucubrar sobre estas cuestiones dejando volar nuestra imaginación en la ficción con en propuestas como la que nos ofrece Garland.

Teniendo en cuenta que las máquinas son creación del hombre, no es extraño que éstas sean un reflejo de nuestras virtudes y nuestros defectos. Sin embargo, ¿es posible introducir “alma” en una máquina? Existen particularidades inherentes en el ser humano que nos cuesta siquiera poder imaginar atribuidas a una máquina. Distintas emociones y sentimientos que poseemos y que, para bien o para mal, nos definen como especie y, a la vez, nos distinguen de otros seres vivos del planeta. ¿Podría una máquina alcanzar ese estatus de “humanización” suficiente para superar un Test de Turing?

Garland intenta respondernos a ello adentrándose en los confines de la psique humana y de lo que significa ser conscientes de nosotros mismos; de que somos seres pensantes (y a veces, hasta inteligentes). Y sin embargo, y pese a como se desarrollan los acontecimientos en la película, no podemos evitar posicionarnos del lado de Ava; a simpatizar con la robot por encima de nuestros congéneres. En cierto modo, “Ex Machina” se siente como una especie de moderna y tecnológica versión del Frankenstein de Shelley, sólo que en esta ocasión el “monstruo” adquiere los bellos rasgos de una atractiva androide. 

La resolución final al conflicto que plantea el guión es satisfactoria, si bien el modo de llegar hasta ella no lo es tanto, y es que hacia el tercio final es cuando las cosas se salen de madre y a Garland se le va la historia un poco de las manos (como ya le ocurriera en la citada Sunshine). Una salida de tono (innecesariamente efectista) en el último acto que a punto está de arruinar lo que sin duda es, en conjunto, una muy estimable cinta de ciencia-ficción. Una película sobria que se apoya sobre todo en su contundente y reflexivo guión, y en unos personajes suficientemente bien definidos como para llevar todo el peso de la historia sin alardes de ningún otro tipo. Y es que aquí los efectos especiales son un simple y efectivo apoyo a la credibilidad del relato.

 

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