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Joker

el  Lunes, 21 October 2019 23:33 Escrito por 

Malos tiempos para la lírica.

  • Póster: Póster
  • Titulo Original: Joker
  • Año: 2019
  • Director: Todd Phillips
  • Guión: Todd Phillips, Scott Silver
  • Reparto: Joaquin Phoenix, Robert De Niro, Frances Conroy, Brett Cullen
  • Duración: 122 min.
El Jurado de la 76º edición del Festival de Cine de Venecia concedió a principios de septiembre del presente año, el León de Oro al largometraje Joker de Todd Phillips. Máxima presea del certamen que muchos cineastas matarían por tener y que puede justificar una vida profesional llena de aciertos o dislates. Aunque el galardón tiene la suficiente relevancia para publicitar globalmente la obra agraciada, no debemos perder la perspectiva analítica en esta época dominada por las precipitaciones mediáticas (a favor o en contra) que dominan las RR. SS. 
 
Venecia, uno de los cinco grandes, no deja de ser una lucrativa fiesta-homenaje como sus competidores -el de Los Ángeles es la sublimación máxima a nivel de negocio económico puro y duro- y los europeos, luchan por premieres exclusivas y autoexcluyentes para con sus primos cercanos.
 
De ahí las eternas bofetadas (discretamente amables pero con guante de hierro) entre unos y otros.
 
Así como Cannes es el rival a batir, el "gran blanco" que intenta devorar todo lo que huela a autopromoción onanística en un futuro cercano para su evento (con especial inclinación al cada vez más saciado y saturante mercado del Este asiático), los italianos juegan con la idéntica baza del glamour (cada vez más disminuido) y con una intención ligeramente transgresora a la hora de conceder sus premios por aquello de intentar estar con los nuevos tiempos. Se comprende por tanto, excentricidades como las de Álex de la Iglesia recogiendo en el 2010 el León de Plata por su Balada Triste de Trompeta o que Wesley Snipes ganara la Copa Volpi por su tenue dramatización vista en el One Night Stand (1997) de Figgis.
 
Todd Phillips, responsable de una trayectoria profesional como mucho irrelevante, se sube al carro de los cineastas que conscientes de su poco reconocimiento a nivel cualitativo, intentan dar con su particular opus magnum para autoreivindicarse como un creador visionario. Y es de alabar el esfuerzo de estos profesionales que no se acomodan en su propia marca registrada y que algunos (los menos) consiguen con inesperada nota final. Y aunque lo difícil no es llegar, sino mantenerse en el Olimpo Cinematográfico el primer paso, al menos, es ése.
 
Con una cada vez menos original mirada revisionista hacia el cine estadounidense de los Setenta, Joker arranca con el logo de Warner de la época (guiño idéntico en los créditos finales) más devoto como fan que el otrora fallido principio "bladerunnístico" del Ad Astra del nefasto Gray. Phillips, apuesta por una cochambrosa Gotham, vertedero del lumpen que serpentea por sus callejuelas, a punto de estallar en su hastiada vecindad (los pandilleros de The Warriors), latente de ser prendida por ese catalizador redentor que otrora podría haber sido el Travis Bickle de Taxi Driver y que para la ocasión no es otro que el demente Arthur Fleck, pobre empleado de una empresa de payasos publicitarios, niño asocial de mamá que sigue el libro de la buena educación y el respeto aún cuando orinen sobre él y le digan que está lloviendo.
 
Pero todo lo va llevando peor que mejor mientras descansa al lado de su enferma madre delante del televisor, auténtico soma opiáceo que tiene más efecto laxante en sus neuronas (el lobotomizado MacMurphy del One Flew Over the Cuckoo´s Nest de Forman) que los nueve medicamentos que ingiere diariamente. Y en especial el programa nocturno de Murray Franklin (Pupkin en The King of Comedy), la puerta de entrada a ese Shangri-La que Arthur tiene que abrir para que todos se den cuenta del increíble talento que el aspirante a cómico posee. Y es que "Happy" vino al mundo para hacer reir a sus congéneres. Ni más ni menos.
 
Pero la vida es otra y los sueños, sueños son. Algo que debería saber el Fleck sano si hubiera tenido las atenciones médicas que otro sistema social de sanidad pública ofrece y que los grandes lobbies adscritos con los Poderes no permiten en su ciudad, en su pais. De ahí que surjan salvadores de la patria (el Greg Stillson en The Dead Zone), en forma de ejemplarizantes magnates hechos a sí mismo (o gracias a la fortuna familiar) que optan a cargos políticos sin rival posible que limpiarán de inmundicia todas las heces y hedores, no esterilizando, sino barriendo la fauna que intenta sobrevivir. En la película se llama Thomas Wayne y no luce un bronceado naranja ni una cabellera oxigenada.
 
Como no podía ser de otra forma, Fleck sufre una concatenación de episodios que desatan el demonio que lleva en su interior y la cascada desmedida de consecuencias progresa exponencialmente a la psicosis del personaje (el D-Fens de Falling Down o su versión más negra si cabe, en el Hackett de After Hours). Todo lo que ocurrirá a posteriori ya lo hemos visto en el cine, con menor fortuna por lo general, para la riqueza descriptiva del personaje; limitado como la mayoría de los antagonistas de los héroes con los que rivalizan, en parodias bufonescas sin los matices imprescindibles para mejorar hasta la ovación plena este tipo de producciones. Y es que Joker, de largo, es la película de los últimos años del Gran Hollywood, que más se esfuerza por narrar las motivaciones del villano. El día que los grandes estudios se den cuenta de la importancia del rival al que se enfrentan los cabeza de cartel, darán con otro filón de oro en crítica y taquilla. No me cansaré de repetir el mantra anónimo que reza "cuanto mejor es el malo, mejor es la película".
 
Y escrito todo esto, ¿porqué Joker es una película incompleta y tan fallida en su propuesta principal?.
 
Pues por que todo lo anteriormente descrito se queda en lo superficial. Ése era el camino a seguir si Phillips por capacidad creativa hubiera podido; pero se queda en la desbordante imaginería, en lo poderoso del diseño en la producción de Friedberg, en la -aquí sí- sobresaliente dirección de arte de Ballinger -de máxima calificación- bien escoltada por una iluminación muy laboriosa, de mérito, pero en absoluto original. Todo ensalzado por las cáusticas sonoridades asincopadas, rozando la estridencia, de la islandesa Guonadóttir (¡ay, cuánto daño positivo hizo Björk!) y esa edición técnicamente casi impecable (aún habiendo fallos de rácord) pero que excede en su metraje, en su narrativa, en su autovanagloria más crematística. Y es que al Joker de Phillips, de lo primero que acusamos es de contar en dos horas lo que en cien minutos hubiera sobrado.
 
El film no es sino el intento inconcluso de mostrar la degradación psíquica de Fleck (nada nuevo que Nicholson con su desmedido Torrance no llevara a cabo en el The Shining de Kubrick), regodeándose hasta el hastío en el deprimente chasis del otrora gordo Joaquin Phoenix (pero sin caer en la veraz repulsión del Reznik de The Machinist), que languidece una y otra vez con esa risa (podría haber sido cualquier otra, incluso la excepcional que recrea Mark Hamill) como apoyo a su interpretación esforzada que no lograda, de un caracter que es un regalo para cualquier actor incluso para uno de la indiferencia supina como es el hermano del difunto River. No hay nada más triunfal a la hora de entrar en la psique del alma humana que los interiores magnificados en su máximo minimalismo artístico que el Persona (1966) de Bergman, obra cenital imposible de réplica, pero que se antoja como el límite inalcanzable que todo cineasta con ínfulas babilónicas quiera rozar con sus yemas dendríticas. El Pi de Aronofsky estuvo cerca, pero también erró y eso que la ópera prima del neoyorkino sí que era algo digno de ver desde su más anticomercial honestidad.
 
Y no lo logra realmente. Y Phillips, dirige una historia tremendamente deudora con esas otras tragedias gozadas por "la generación que cambió Hollywood" -Peter Biskind, dixit- pero en la que no nos ofrece nada nuevo, nada relevante, nada original. Y no lo niega, pero no como algo que le honre, sino como reclamo publicitario para cincuentones desencantados con el cine de las Majors o como almizcle feromonístico de inevitable envite como si de polillas a las llamas se tratara, para toda esa audiencia global que habita en la Red más pendiente de los nuevos jueces virtuales que dictan sentencias ex-cátedras de una infalibilidad Suma Pontifical y, que son idolatrados por esa masa social pendiente de la última ocurrencia del nuevo vende-humos proclive a la nada más absoluta.
 
Me incomoda mucho más el Cronenberg de su primera etapa a la hora de oprimirme con sus atmósferas claustrofóbicas, que este envoltorio con sorpresa menor en su interior tras la visita de Fleck al psiquiátrico de Arkham (sigue como hallazgo imbatido ese suspiro final de Dae-Su en la surcoreana Oldeuboi). No hay golpe epifánico que lleve al salto de la butaca ni grito con puño al aire incluido.
 

El largometraje tiene todas las "virtudes" para ser catalogado como la gran obra generacional de los "millennials" o de la sub-especie que ahora sea tendencia en la realidad virtual, pero en la película no cuentan nada que tenga una evolución argumental. No profundizan en las posibilidades que la idea surgida entre Phillips y Scott Silver atesora. Llama a la puerta de la vecina, pero se queda ahí. Lo aceptamos pero una lástima por la riqueza por explorar en los traumas de Fleck. Introduce con calzador los encuentros en verjas de mansiones y callejones con perlas rebotando en el suelo, como atropelladamente ya le negamos en el epílogo del Episode III (2005) a Lucas. Desprecia el afluente narrativo de los inspectores de policía como alivio ante tanta parsimonia anémica en su operística ampulosidad, se recrea en bailes cíclicos con los inexistentes acordes de Dean Kay y Kelly Gordon una y otra vez (el cargante Joker de Burton por lo menos se acompañaba de un voluminoso y ridículo radiocasete). No llega a desbordar en su violencia explícita como necesario clímax eruptivo (Henry: Portrait of a Serial Killer) y su relación con Randall (Wizard en Taxi Driver) o Murray (Max en Network) y la subtrama entre la madre e hijo (ésa era el gérmen de porqué Arthur Fleck muta en el Joker) pasa de puntillas (un Psycho desperdiciado) no vaya a ser que la nueva audiencia no tenga el estómago suficiente para ver a Saturno devorando a sus hijos o viceversa.

Errática singladura lleva este supuesto nuevo cine transgresor, contracorriente de impacto cegador sí, pero de escasa erosión en la superficie. Hay mayor clarividencia reivindicativa en ese cuento de hadas malditas que es la memorable The Florida Project de Sean Baker que esta colección de inconexas secuencias publicitarias de fragancias pseudo-macarras para el joven rebelde que llevas dentro, dirigidas por l´enfant terrible de turno, alabado como Mesías recién extraído de ese coche policial o del Monte Calvario. Da igual. El caso es adorar al nuevo becerro de oro por esa muchedumbre histérica poseída por una demencia colectiva (la turba lisérgica del Escape from New York de Carpenter), hasta que aparezca otra tendencia plagística, ensamblada con acierto como es este Joker de Phillips o no; ¡qué más da!. Lo importante es el hype.
 
Pasaba antes con los periódicos, luego con la radio, posteriormente con la televisión... Si sale en la Red, debe ser cierto, tiene que ser verdad. Si esta es la subversión que va a concienciar la rebelión de las masas, mejor me bajo en esta parada. Ya lo cantaban los de La Polla Records con su Moda Punk en Galerías y la cosa no mejoró cuando entre todos dejamos que las mascotas vistieran camisetas fucsias con el emblema de los Ramones
 
Joker no es una mala película; pero no es LA película.
 
 
El Guerrero Mandingo

Genuflexor Imperial en La Estrella de la Muerte y fagocitador audiovisual inmisericorde.

Y además...

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