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Oscar 2019

el  Lunes, 25 February 2019 20:16 Escrito por 

Ni tanto, ni tan poco.

La edición número 91 de los Oscar se recordará muy probablemente por una gran diversidad en el reparto de estatuíllas, sin resultar ninguna película una clara dominadora cuantitavamente, aunque es innegable que el nombre de dos títulos se repiten más que otras premiadas. Hablamos, claro está de la Roma de Cuarón y el Green Book de Farrelly, sorpresa mayúscula esta última no tanto por sus calidades, si no por dejar casi virginal el casillero de la favorita Vice de McKay.

Como todos los eventos de estas características nunca llueve a gusto de todos y la discordancia suele venir de la mano en la mayoría de las ocasiones. Es comprensible y respetable y se amplifica en los últimos tiempos por la mayor influencia y difusión que las RR.SS. hacen gala en sus diversos púlpitos (en muchos casos inquisitoriales y acusatorios, al margen de una sosegada y pausada crítica constructiva). Pasó con la campaña de odio que sufrió la excepcional La La Land (2016) del genio Chazelle y que encumbró con vergonzantes piruetas un film tremendamente menor como era el irregular y quasi-amateur Moonlight (2016) de un patidifuso Barry Jenkins. El exceso como Mejor Película, en una producción de minúsculo presupuesto, llevó a la fanfarria godardiana más ciega e imposibilitó los reconocimentos futuros a producciones independientes sencillamente memorables como The Florida Project (2017) de Sean Baker, The Rider (2017) de Chloé Zhao o en menor medida, The Miseducation of Cameron Post (2018) de Desiree Akhavan.

Tras haber escuchado y leído opiniones muy severas con respecto a la Gala y a la idoniedad o no de los premios otorgados, es nuestro humilde deseo, el intentar ofrecer algo de claridad entre tanta oscuridad surgida de las negras tinturas de los plumillas que reinan desde sus estrados inexpugnables, sitos en las alturas más gélidas donde reinan por encima del Bien y del Mal.

La ceremonia de los premios de la Academia de las Ciencias y Artes Cinematográficas de los EE.UU. es desde siempre, el faro que guía su propia industria como por otra parte es comprensible y que con mayor o menor fortuna el resto de Academias de Cine han replicado. Los Oscar no necesariamente premian la calidad argumental o de producción, pero sirven como anuncio global de los títulos que al cabo del año son recomendables ver, aunque sea para discrepar en la elección de los mismos. Ejemplos hay innumerables y repetitivo sería el recordar los once galardones del Titanic (1997) de Cameron, los dos Oscar a Tom Hanks, los "olvidos" a Lauren Bacall , a Luis Gª Berlanga o el bochorno de ver como se le concede un Oscar honorífico a Jackie Chan y no a Sir Christopher Lee, como nos viene a la mente estos nombres a bote pronto y sin haberlo planteado en nuestro esbozo literario.

Teniendo todo esto presente, el evento de hace unas pocas horas no es si no reflejo de lo que casi siempre estamos acostumbrados a ver año tras año, década tras década. ¿0 no?. ¿Es posible que un cierto dinamismo de reconocimento histórico en su innegable deuda con las minorías podamos apreciar por parte de la Academia?. Nuestra respuesta es sí, sin duda. No tanto como los impulsores de la denuncia de hace tres años OscarSoWhite desearían, pero se aprecia un aperturismo imprescindible, una "glasnost" emponderada por movimentos necesarios como Me Too o Time´s Up que vienen a certificar que nuevas oportunidades llegan para afrontar las amenazas políticas que está sufriendo el mal llamado Primer Mundo y que son endémicas en el resto del Planeta.

En clave política, Hollywood siempre ha intentado remar a favor de corriente cuando los intereses de las grandes corporaciones (aquellas que realmente dirigen los gobiernos electos) así lo exigían. Excepcionalmente han surgido voces de individuos o colectivos que intentaron denunciar los abusos del propio sistema (no muerdas la mano del que te da de comer y te dejaré que sigas viviendo en mi finca, pero durmiendo fuera de la mansión, mi perro fiel, mi querido "Tío Tom"). "Los Diez" de la Lista Negra (liderados por el inquebrantable Herbert J. Biberman), bien lo pudieron atestiguar, pero hubo decenas de decenas en la Lista Gris, que sin entrar en prisión física sufrieron en sus carnes el ostracismo del anonimato, como Martin Ritt denuncia hábilmente en The Front (1976) o como los Arthur Penn, Sam Fuller u Otto Preminger precedieron a la generación de cineastas que en la década de los Setenta demolieron los arcaicos preceptos de los Majors.

Como análisis racial, imposible discernirlo del político, lejos parece ya la ignominia que Hattie Mcdaniel sufrió nada más recibir su Oscar a la Actriz de Reparto por Gone with the Wind (1939), arrinconada en una mesa apartada del resto en la cena de celebración. Parece pretérito sí, pero la realidad está tan presente como el notorio abrazo que Spike Lee al grito de "motherfucker" le brindó a Samuel L. Jackson al recibir su Oscar al Mejor Guión Adaptado. El insulto, en clave de humor, no es casual y viene a recuperar la controversia sobre quién puede o no decir según qué vocablos y que confrontó a dos sublimes cineastas alejados de contubernios raciales como son Quentin Tarantino y el propio Lee.

Es EE.UU. una sociedad multicultural políticamente racista; aún ahora. Pero lo es desde la aparente ornamentación inmaculada del hombre blanco (una parte y quiero creer que no mayoritaria). No lo dicen , pero lo piensan y no solo eso; actúan en consecuencia. Muy de vez en cuando surgen voces altisonantes llamados Warren Beatty, Jane Fonda o Michael Moore que aprovechan la megafonía del evento para enarbolar banderas que de otra forma no llegarían a tan millonaria audiencia. Muchos opinan que no se deben mezclar manifestaciones políticas con las artísticas pero como en una ocasión dijo Viggo Mortensen "no es que quiera hacerlo, pero me veo en la obligación de dar voz a aquellos desamparados que no tienen oportunidad de hacerlo en los medios que sí me preguntan a mi".

Todo esto viene a colación por las quejas de algunos por ver como Green Book ha ganado el Oscar a la Mejor Película, acusándola de acomodaticia, simplona o muy blanda en sus denuncias del segregacionismo que se vivió en EE.UU. y que se sigue viviendo en la actualidad.

No podemos estar más en desacuerdo. No hace falta gritar para escuchar, como no hace falta arrojar para impactar. Green Book es una historia con "final feliz" que no deja pasar la oportunidad de contar las tremendas vicisitudes reales que el músico Don Shirley sufrió en vida y su empecinada lucha por cambiar una realidad prefijada como tradicional e inmutable. Pero Farrelly, lo hace con la elegancia de la sutileza, sin caer en el juego efectista pero reaccionario de la solvente Mississippi Burning (1988) de Alan Parker ni en la gratuidad manierista de 12 Years of Slave (2013) de McQueen. Farrelly consigue más con menos y hay mucho más de conmovedor realismo en la mirada congelada bajo ese sol de justicia, de los afroamericanos que siegan los campos y que paran la faena ante ese coche parado en la carretera que los latigazos que sufre el soldado unionista que interpreta Denzel Washington en el Glory (1989) de Edward Zwick.

Así como se ha sido excesivamente generoso en el halago para la mediocridad de Moonlight (2016), nuevamente las hordas extremas (lo siento mi admirado Spike Lee, pero a pesar de tu brillante discurso de agradecimiento, te has vuelto a liar metiéndote en donde no te llamaban y si no es por la mesura de Jordan Peele...) aprovechan la intolerancia talibanística para lapidar un film absolutamente logrado en sus concepciones artísticas y técnicas. Prefiero la mordacidad en ese cuento imposible que Jordan Peele nos regaló el año pasado con su Get Out (2017), que ondear la antorcha que encienda la pira expiatoria para limpiar los pecados de la primera bruja que no opine como nosotros, sea doncella en Orleáns o genial cineasta neoyorkino, célebre por no acudir a estas galas. Y es que la Revolución como tal, es necesaria siempre y cuando no cortemos las cabezas de los inocentes. Y la de los Harvey Weinstein y demás sátrapas las dejaremos ligadas a sus cuerpos y éstos, entre barrotes de acero.

Tras el ninguneo sufrido a Damien Chazelle y a su apoteósica First Man, pocas esperanzas albergabamos para Green Book y sinceramente el Vice de McKay se antojaba como la recolectora de premios en tiempos tan incómodos y desagradables protagonizados por el Agente Naranja. Es First Man , a nivel de producción la mejor película que hasta la fecha llevamos disfrutado en esta terna de nominadas. Merecería el Oscar como Mejor Película, al Mejor Director, a su B.S.O. (complicada, arriesgada, de una dificultad técnica colosal) y en aquellas a las que sí consiguió la nominación, pero como decíamos al principio de este artículo, no siempre se premian las mejores calidades técnicas y este año ha sido otro clamoroso ejemplo.

A nivel interpretativo, las valoraciones ya son más subjetivas y pueden entrar (aunque sean de manera inconsciente filias y fobias) y en nuestro caso, reconocemos una especial inquina por la insufrible Lady Gaga, apologístico producto pirotécnico de la mercadotecnia más kitsch y vulgar o por el tronco inexpresivo de alcornoque pétreo que es el ¿actor? Adam Driver. Por desgracia los hados han querido que se premie la actuación de Olivia Colman -en un rol tan del gusto de la Academia estadounidense, que no sorprende lo más mínimo- y la fallida imitación de Rami Malek -doblaje de su voz aparte- que ni su lenguaje corporal ni gestual dan justo elogio a esa prima donna excepcional que fue el vocalista de Queen.

Como epílogo triunfal el justo premio a Peter Ramsey y Phil Lord por ese hallazgo único en lo visual que significa la animación de Spider-Man: Into the Spider-Verse. Cénit hasta ahora nunca imaginado y que va un paso más allá hasta lo visto nunca antes. Incredibles 2 es una formidable secuela del título que Brad Bird nos regalara hace ya quince años y eso, son palabras mayores; pero el largometraje de Ramsey, es diferente y trasciende más allá de lo imaginable. No podemos si no envidiar sanamente a todos esos niños de 12 años que descubrirán en Miles Morales su alter ego. Memorable, es poco para lo que nos sugiere el visionado del largometraje.

No ha sido la mejor gala de la Historia de los Oscar (a nivel reivindicativo, insuperable la del año pasado), pero ha sido una ceremonia aceptable, para todo lo que podía haber salido mal y que por fortuna no sucedió.

El Guerrero Mandingo

Genuflexor Imperial en La Estrella de la Muerte y fagocitador audiovisual inmisericorde.

Y además...

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