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Carnivàle, un capricho memorable

el  Sábado, 26 April 2008 02:00 Por 
Artículo de 'Carnivàle', quizá una de las mejores series del fantástico que se hayan dado en televisión y que, desgraciadamente, haya sido tan pronto olvidada, o ni siquiera conocida.

Siempre que puedo la recomiendo. Y siempre que puedo, digo que es una de las mejores series que he visto en mi vida. Ahora lo hago, recordando y saboreando aquellos deliciosos y también terribles momentos que me deparó tal aventura. Carnivàle es una serie sorprendente, atrevida, de autor, fantástica, maravillosa, y podría continuar con un largo etcétera de calificativos que, me temo, acabarían en tautologías. En el año 2003 la cadena HBO arriesgó por exponer a los ojos una delicia que no por todos es digerible, y ese fue el fallo, como todos los fallos de los genios o de sus obras incomprendidas, aunque al final siempre salgan a la luz. A la serie no le falta nada, ni tampoco le sobra; es perfecta en sí misma, y aunque fuese cancelada en su segunda temporada, su esencia pervive y dura. Y el final, pues claro, nos gusta y lo aceptamos, aunque hubiésemos pedido algo más.

¿Por qué no es digerible? Porque vivimos en un mundo de prisas, de móviles, de contactos rápidos y miradas fugaces, de trabajos basura y de "compra y vete", "habla rápido y come rápido", en un mundo domesticado por la estupidez capitalista y el absurdo humano (aunque esto quizá sea coetáneo de cualquier época). La serie es lenta, muy lenta, para saborearla y deleitarse con cada diálogo, con cada puesta en escena, con la música, con la psicología de los personajes, con el suspense que rodea a toda la trama durante todos y cada uno de los memorables capítulos que se nos presentan. Porque eso es lo que ocurre con esta serie, que es regular, que no decepciona ni decae en ningún momento, que nos va arrebatando un poquito más el espacio de la silla o de la cama a medida que avanzamos, porque se mete en nuestro cuerpo y nos escupe su malicia, su magia, su esencia. Es una genial compañera de viaje, y como tal la amamos.

Me preguntaréis entonces por qué algunos la rehuyen; yo tengo respuesta, aunque está basada en mi experiencia particular y mi genuino punto de vista, que no ha de ser cierto ni universal, sino mío y de ningún otro. Esa gente que busca lo racional y el «fast food» del séptimo arte, la acción y la cámara loca, el guión que te cuenta a cada momento lo que ocurre como si fueras bobo y a cada paso del camino hubiese una señal indicándote hacia dónde te llevan, son esas personas que se aburrirán con los primeros capítulos y, por tanto, cerrarán el reproductor y no volverán a verla, hastiados de tanto "no contar nada", de estar "perdido" en un mundo donde aparentemente no sucede nada. No, aquí ocurre todo lo contrario, y tardamos mucho en saber qué va ocurriendo, o realmente nunca lo sabemos, no al menos a ciencia cierta. Porque ese es el acierto de la serie; mezclar la fantasía con la realidad de tal forma que no sepas si lo que tus ojos ven puede ser cierto o resulta, por el contrario, totalmente inverosímil.

Es un cuento fantástico que no comienza con el "Érase una vez en un país muy lejano...", sino con una referencia bíblica, definiendo así el carácter de la serie (fantástico, no real):

Antes del principio, después de la Gran Guerra entre el Cielo y el Infierno...Dios creó la Tierra...y dio dominio sobre ella al habilidoso mono al que llamó Hombre. Y en cada generación nació una criatura de luz...y una criatura de oscuridad. Y grandes ejércitos se enfrentaron de noche en la antigua guerra entre el Bien y el Mal. La magia existía entonces, la nobleza... y una crueldad inimaginable. Y así fue hasta el día en que un falso sol explotó sobre la Trinidad...y el Hombre cambió para siempre la maravilla...

Carnivàle nos está diciendo desde un principio a lo que vamos a asistir: al intercambio de las fuerzas del bien y del mal, al eterno combate que siempre se batalló en nuestra tierra y, si me apuráis, en todas las que existieron: la lucha por sobreponerse, por ser algo, por existir, por demostrar un rol.

No quiero contaros mucho de lo que vais a ver, de lo que es la historia en sí, porque eso mismo será lo que vosotros deberéis registrar en vuestra memoria, para siempre, cuando os encontréis de frente con ella. Baste relatar brevemente, entonces, los acontecimientos previos a lo que vuestros ojos seguirán como guía. Allá por el año 1939, en un pueblecito del sur de los Estados Unidos y en mitad de aquella desgracia que vivió el pueblo yanqui conocida como la Gran Depresión, donde la miseria y la pobreza eran compañeras de viaje para miles de ciudadanos que quedaron apenas sin propiedad, sin casas, sin riquezas, Ben Hawkins, un chico de 18 años al que se le acaba de morir la madre y a la que ha de enterrar con sus propias manos, no le queda más remedio que aceptar la propuesta de entrar a "trabajar" en un circo ambulante, donde se reúnen freaks y todo tipo de personajes curiosos, recorriendo las áridas y desoladas tierras de aquella América perdida. Por otro lado tenemos a su antagónico, el padre Justin (¿crítica a la religión, a todas las religiones y a la ferviente fe que derrama, en sus extremos, la sangre inocente?), del cual todos recordaremos por y para siempre su atronadora voz (hay que oírlo, claro, en versión original y, si no sabéis mucho inglés, subtitulada) y sus discursos. Sus discursos que, como los de cualquier político, van haciéndole ganar a todo un rebaño con el que disputará su propia y personal guerra. La guerra que se avecina, como decía el Evangelio de San Mateo, la guerra entre el Bien y el Mal. Y todos sabemos, desde los primeros capítulos, que estos dos personajes principales habrán de acabar encontrándose, aunque tarde mucho en suceder y tengamos los dientes tan largos que piquemos con ellos el suelo.

Bien, así comienza y arranca nuestra aventura, y desde entonces al amante de la imagen bella, de la metáfora escondida, de los ojos que te escudriñan diciéndolo todo con su energía, quedará prendido de su magnificencia, de su belleza innata y natural, verdadera. Porque Carnivàle es auténtica, como lo es el trabajo que siempre realiza el aquí escondido Rodrigo García dirigiendo (que ahora mismo prepara esa espectacular serie llamada In treatment, donde asistimos, también, a un trabajo con lentitud y psicológico, donde lo que importa es lo invisible y lo que aprendemos, y no lo que se nos cuenta para luego ser olvidado). Pero sin duda el mérito se lo ha de llevar el desconocido Daniel Knauf, el creador y director principal de esta épica aventura, que guarda en su carrera filmográfica tan solo esta estupenda delicia de la que hablamos y que, desgraciadamente, aún muchos no conocen. Las actuaciones son asombrosas, frescas, deliberadamente geniales. Nuestro protagonista, Ben Hawkins, es ese niño que ya nos encandiló en la saga de Terminator, Nick Stahl, y que aquí hace, dejadme decirlo, una de las actuaciones más memorables de este nuevo milenio posmoderno que empezamos hace ya ocho años. Y aquí podríamos empezar a hablar de todos los personajes que circulan por este fabuloso teatro, porque todos lo hacen genial y sobresalen por sus encantos particulares, desde Michael J. Anderson, un hombre llamado en la serie Samsom y que no mide más de medio metro, el cual habla con una especie de "dios" al que todos adoran pero nadie ve, dentro de una furgoneta, que es el que parece llevar los hilos de toda la comunidad, hasta la fascinante y misteriosa Sophie, la echadora de cartas, o Lodz, el ciego que nos aterra con su sonrisa siempre segura, con sus planes ocultos que nadie sabe pero que todos esperan, o el carismático y bueno de Stumpy...Y todos los que me dejo, que vosotros conoceréis si os atrevéis a pisar este escenario repleto de miedos, suspense, alegría, y todas esas sensaciones que han recorrido siempre los horrores humanos.

Carnivàle bebe de David Lynch, con ese cine surrealista y desmedido, esperpéntico y fantástico, cruel y piadoso con su espectador, con su público raro, freak. Por eso es una serie arriesgada y sobresaliente, porque apuesta y gana. Porque puede y, como lo sabe, lo hace. Lo consigue, y a nosotros nos encanta. La serie se va haciendo a sí misma a cada capítulo que pasa, más amable, más sincera, más terrible, más espantosamente cruel y cruda, absorbente, mágica. Y nos engancha, ya lo creo que nos engancha; nos seduce como debiera hacerlo Afrodita a los griegos y a Hesíodo. Todos los planes irán sucediéndose detrás del escenario, a través de lo invisible, en eso que nosotros no vemos pero hemos de descubrir y de lo que sólo se nos van dando pequeñas y confusas pistas a medida que avanzamos. Y por eso la tensión, y el deleite, y el roce del cariño al amor, a la desesperación e incluso a la lágrima. Yo, particularmente, tengo escenas de la serie que aún no he olvidado, horizontes inalcanzables y actos tan inhumanos que dudo que algún día se me borren de mi retina. La serie mantiene una esencia tan viva que es insoportable despegar los ojos de ella una vez la has conocido y le has puesto nombre, una vez la has hecho tuya y, por supuesto, de nadie más. Paisajes, melodías, miradas, miedos y horrores que nos esperaban, y espero que ahora a vosotros, a cada hora que pasaba.

 

Y además...

  • Obi-Wan Kenobi

    El escritor deja caer algunos detalles sobre la serie. 

  • The Feed

    Tráiler y fecha de estrena de la nueva serie que se podrá ver en Starzplay. 

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