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Iconos de una generación I

el  Domingo, 02 March 2008 01:00 Por 
¡Mazinger! ¡Planeador abajo! La voz viril del joven Koji Kabuto resonaba en el aire mientras aguardaba que su nave se deslizara para ensamblarse en el cráneo del gigantesco robot que llenó la imaginación de tantos niños a finales de los setenta. Inmediatamente después, empezaban a oírse los acordes de una música que hoy día algunos llevan como timbre de su móvil.

¿A quién no le gustaba la fornida complexión metálica de Mazinger Z, con esas extrañas protuberancias en el pecho que arrojaban un rayo rojo y mortal? ¿O el hueco contenedor que albergaba el planeador como si fuera un cerebro desmontable? ¿Y esos puños que expulsaba y que volvían a él como un bumerang después de golpear al enemigo? ¿Qué me decís de esa especie de ventalle que tenía en lugar de boca y que le hacía tan silencioso y siniestro a pesar de acometer siempre buenas acciones?

Posiblemente, el atractivo de Mazinger Z, concebido por el dibujante japonés Go Nagai, residía precisamente en que tenía cara de buen muchacho, pero a la vez resultaba imponente y podía dar miedo. Costaba imaginarse algo tan grande, pero de existir, ¿quién no iba a temerle? De hecho, Mazinger significa en japonés tanto dios como demonio, por lo que el nombre es apropiado para exponer que todo avance tecnológico puede ser bueno o malo en función de como se manipule.

Para los niños de aquella época, en la que no abundaban las series infantiles (en realidad, nada abundaba, pues solo teníamos un canal y medio para todo), "Mazinger Z" fue una revolución, especialmente frente a telenovelas con personas de carne y hueso como "Espacio 1999", menos espectaculares, y melodramas de animación como "Heidi" y después "Marco".

Cuando se interrumpió la emisión y, pasado el tiempo, nos dimos cuenta de que no iban a reponerla, los aficionados, que habíamos visto a Mazinger Z con alas y volando, nos quedamos con un palmo de narices, sin saber qué había pasado y, sobre todo, qué aventuras nos habíamos perdido. Alegaron que era una serie demasiado violenta para el público más joven. ¿Pero no eran más perjudiciales emocionalmente los malos ratos que nos hacían pasar la dulce huérfana de nombre Heidi, el triste niño Marco que no encontraba a su madre o el desgraciado perro de Flandes con su paupérrimo dueño?

Mazinger Z marcó un hito en la vida de muchos de los que ahora disfrutamos de la fantasía, en cualquiera de sus vertientes, y le exigimos tanta calidad. Ciertamente, más tarde nos percatamos de que se podía hacer mejor, pero hasta entonces nada hubo comparable a los brutos mecánicos del Doctor Infierno, llenos de ingenua y destructiva maldad, tan ingenua y destructiva como un rifle de plástico o un revólver de hojalata. ¿Acaso se creían los adultos que los niños éramos todos tontos y no sabíamos distinguir entre el legado de la disciplina familiar y la creatividad puesta al servicio del puro entretenimiento?

Cuando se emitió la serie completa mucho después (con doblaje hispanoamericano, aunque con el mismo exotismo de los títulos en japonés), ya era tarde. Nos habíamos perdido la evolución del personaje y nunca averiguamos quién era aquel Gran Mazinger que aparecía en los cromos de los pastelitos que coleccionábamos. Solo sentíamos nostalgia.

Firmado: José Angel Muriel

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